(Ilustración: Mario Segovia Guzmán)

Este 23 de mayo, Jorge Nieto anunció que su partido viciará el voto en la segunda vuelta. Escribirán, por lo menos los disciplinados, “por un buen gobierno”, es decir, por el nombre del partido, que es una forma interesante de votar por sí mismos.

El principal argumento de Nieto es que esta segunda vuelta no ofrece ninguna salida a la polarización que padece la política peruana. Polarización que, sostiene, debe ser superada y dejada atrás. 

¿Cómo? No está claro. Hay formas y maneras, claro. 

Desde una suerte de gran reconciliación, con amnistías y perdones, hasta un gobierno pragmático, con puntos básicos y prioridades de acción sobre las que haya consensos generales. La seguridad ciudadana, la lucha contra el crimen, por ejemplo, claro que sin serpientes shushupe como carceleras.

El asunto es que, no siempre, especialmente en el caso de democracias amenazadas, subvertidas o destruidas, la despolarización deba ser el primer paso. 

Hungría es, por ejemplo, el último caso en demostrar que las fuerzas antidemocráticas deben ser derrotadas, para reconquistar o conquistar la democracia, como sucedió con la reciente derrota de Viktor Orbán, el líder no solo húngaro sino internacional de la ultraderecha. De paso, la campaña que llevó a la victoria de Péter Magyar, que muchos consideraban imposible, está llena de enseñanzas para las fuerzas democráticas en buena parte del mundo.

¿Cómo nos explicamos la polarización en el Perú?

Hay que entender lo que significó la caída del fujimorato, las decepciones posteriores y la reiterada elección del mal menor, una y otra vez, para prevenir el retorno de lo que fue y significó la dictadura de Fujimori y Montesinos.

Inicialmente no fue así. Cuando cayó el fujimorato, en medio de las revelaciones sobre los escándalos de corrupción, la flagrante ilegalidad de la dictadura.

Las esperanzas en una democracia funcional y honesta fueron muy altas.

Probablemente exageradas.

Pero duraron poco.

Sus propios líderes se encargaron de socavarlas y desilusionar a la gente.

Desde 2006 fuerzas antidemocráticas utilizaron esa desilusión para afanarse en borrar memorias y presentarse como alternativa de eficacia. Frente a ellos, el mal menor. 

2006: Humala vs García;

2011: Humala vs K. Fujimori;

2016: PPK vs. K. Fujimori;

2021: Castillo vs. K. Fujimori;

Ninguno fue un gran candidato, salvo la probable excepción de Alan García. Menos un gran líder.

Todos fueron elegidos como el mal menor frente al posible retorno del fujimorismo al poder (con la excepción de Humala el 2006).

Salvo Humala el 2011 (que cumplió lo prometido, pero mostró carácter débil y ningún carisma), todos resultaron un mal peor de lo esperado para la democracia.  

El escenario se degradó paulatinamente. Desde 2016, salvo el corto período de la presidencia de Vizcarra, los candidatos del mal menor solo lograron evitar que Keiko Fujimori ocupe formalmente la presidencia.

Pero en los hechos, fue ella la que gobernó, desde su dominio del Congreso.

Y en los últimos años, conforme se profundizó la degradación, ese control se afianzó con una coalición mafiosa que unió a derechas con izquierdas, en la que esos enemigos de la democracia se dedicaron a destruirla desde dentro.

Cambiaron las leyes y la constitución.

Coparon con su gente, una a una,  las principales instituciones de regulación y equilibrio de poderes.

El Poder Ejecutivo, primero  y luego, 

El TC, la Junta Nacional de Justicia, la Defensoría del Pueblo, la Fiscalía de la Nación.

Destituyeron, suspendieron, hostigaron, inhabilitaron no solo a quienes se opusieron a ellos, sino a quienes representaban una potencial amenaza. 

Al final, para coronar su campaña, terminaron de destruir la lucha anticorrupción. 

Crearon masivas campañas de desinformación con el fin de adulterar y subvertir la percepción de  la realidad.

En esa campaña, el fujimorismo no fue la única fuerza ni la ultraderecha la única ideología.

Los enemigos de la democracia, desde la presunta izquierda de Perú Libre hasta la ultraderecha de Renovación Popular unieron fuerzas con grupos sin otra ideología que la deshonestidad.
Con las últimas capturas de instituciones, con la legislación pro crimen, con la persecución contra los enemigos de la corrupción, la coalición mafiosa ha tomado el poder en casi todos sus extremos y ha llevado a la agonía de lo poco que queda de democracia.

Eso ocurre ante nuestros ojos y quizá por eso se nota menos.

Lo que han hecho la JNJ y la Fiscalía de la Nación en poco tiempo. Los más escandalosos encubrimientos que, sin embargo, ya no provocan escándalo.

En la contraofensiva de los corruptos, la mafia ha prevalecido, por lo menos hasta ahora.

Entonces, ante ese gran fracaso histórico (de la vigencia de la democracia, de la lucha contra la corrupción) con el que se cierra el primer cuarto de siglo, ¿qué significa esta segunda vuelta? ¿qué queda por elegir ahora?

¿Resignarse e intentar despolarizar la disfuncionalidad? ¿Conciliar la realidad con la desinformación y la mentira?

Dados los datos de la realidad, hablar de esperanza parece exagerado, ¿verdad?

De hecho, en la práctica sabemos lo que significará un gobierno de Keiko Fujimori. Lo hemos visto desde, por lo menos, el 2016. Y mucho más los últimos años. De hecho, lo estamos viviendo. 

Será peor, con el control total de los mecanismos de poder.

¿Y Sánchez? ¿Califica como el mal menor? ¿Ofrece alguna esperanza en el escenario de creciente impotencia?

A ver:

Antes de las elecciones, hubo lo que pareció una fuerte corriente de no votar por nadie que hubiera estado en este Congreso.

Sánchez estuvo los cinco años en el Congreso. 

Es verdad que hubo unos pocos congresistas que trataron de hacer la pelea desde dentro. Y sus intervenciones y votaciones lo reflejan.

Lo de Sánchez parece diferente. ¿Lo es en verdad?

En el debate presidencial, Mesías Guevara lo acusó de haber sido salvado por el fujimorismo, la ultraderecha. Que, en efecto, lo salvó con su voto, a diferencia de lo que pasó con otros.

Pero, fuentes usualmente confiables indican que una razón probable de ese voto fue la identidad de la accesitaria: una destacada activista trans. Habrían preferido quedarse con Sánchez. 

Otras votaciones extrañas de Sánchez, señalan ambivalencias no superadas. En el caso de la comisión parlamentaria que presidió Muñante, para “investigar”, encubrir en verdad, la investigación sobre el caso Odebrecht, Sánchez optó por abstenerse. Lo hizo también en otros casos dudosos. Como lo fue en la votación de la vacancia de Pedro Castillo.

Pero no hay votos que hagan suponer complicidad con la mafia gobernante.

Y ahora, este psicólogo, exseminarista y cercano a las enseñanzas de la teología de la liberación, se abre con mayor, quizá tardía, claridad, a la oposición democrática. 

Pero eso garantiza muy poco.

Además, incluso si fuera electo, mantendría una debilidad estructural.

Tiene apenas 14 representantes de su partido en el senado. 

Es estructuralmente débil. Altamente vacable.  Y ahora que ya sabemos la conspiración que catalizó la destitución de Pedro Castillo, gracias a la confesión  de Miki Torres, sabremos exactamente qué esperar. 

Eso nos da una idea sobre la probable estabilidad en el cargo.

Con Keiko se sabe que tiene como para quedarse cinco años en el poder. Si no más.

Con Sánchez se puede pensar en cinco meses o quizá cinco semanas.

Su mayor esperanza es poder formar una coalición con las fuerzas democráticas con representación en el Congreso. En el estilo de las coaliciones de las democracias parlamentarias en Europa. Que no son solo coaliciones para las elecciones sino para gobernar.

Ahí podría lograr una posible gobernabilidad.

Pero hacerlo, sobre todo a estas alturas, requiere una audacia, una fuerza y una decisión política que es poco probable que tenga Sánchez y que tengan los otros líderes políticos.

¿Hay otras alternativas? Podría haberlas. Desde una revelación inesperada, que galvanice a la gente y lleve a una clara victoria electoral de Sánchez. No es imposible, pero tampoco muy probable.

Y luego, en el caso de vencer, vendría la tarea de gobernar. Tendría que asesorarse con Jorge Nieto para ver cómo despolarizar con Miki Torres, por ejemplo.

Así que volamos al ras del pantano, con un destino probable que el país no merece.

Vendrán tiempos mejores. Deben venir. No estamos predestinados a la decadencia ni a la involución ni a ser gobernados por mafias. 

Pero entre tanto, abrochen los cinturones.