El último viaje

El trágico desenlace donde la violencia desprecia fronteras

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El momento del hallazgo de los cuerpos frente al reclamo por la aparición de Pereira y Phillips (composición con foto de Reuters).

Por Gustavo Gorriti.-

Era el último viaje de la investigación. Fue el viaje final de la vida. El 5 de junio, el periodista Dom Phillips y el experto activista ambiental Bruno Pereira abordaron, solos los dos, un bote a motor para la travesía de dos horas por el río Itaquai, desde Lago do Jaburu hasta el pueblo de Atalaia do Norte al filo de la frontera con Perú en el Trapecio Amazónico. Era la navegación de vuelta en la primera etapa del retorno a sus hogares y la continuación de sus trabajos.

El primer recodo del río serpenteante los perdió de vista; pero no fue la última vez que los vieron. Luego de un tramo corto de navegación acoderaron en la comunidad de São Rafael, donde habían acordado encontrarse con un dirigente local para hablar sobre patrullas indígenas de resguardo de su territorio. Esperaron por un rato, pero el dirigente no llegó. Los dos prosiguieron entonces la navegación en bote para las dos horas finales de travesía; y pronto la selva los ocultó. Poco después pasó otro bote, más rápido, en la misma dirección.

Phillips y Pereira nunca llegaron a Atalaia do Norte. Cuando la espera se hizo inquietud y luego alarma en todo Brasil, en el Reino Unido y de muchos en el mundo entero, la respuesta del gobierno brasileño fue lenta de inicio y, por parte del presidente Bolsonaro, típicamente cínica.

Jair Bolsonaro (foto: Andina).

El presidente brasileño cargó al comienzo responsabilidades sobre los desaparecidos. Dijo, en una entrevista por televisión que Pereira y Phillips fueron imprudentesy además que el inglésera malvistopor mucha gente en la región: escribió muchos artículos sobre los mineros de oro, sobre temas ambientales. En esa zona, que está muy aislada, no le gustaba a mucha gente.

El mensaje de Bolsonaro intentó marcarlos como aventureros irracionales y temerarios, adentrados en las entrañas del peligro. ¿A quién se le ocurre meterse sin compañía armada en las espesuras siniestras de lo que antaño los civilizadoresllamaban el infierno verde?

Pereira y Phillips eran, empero, veteranos en el tema. Tenían pleno conocimiento de los peligros que enfrentaban, de la letal violencia que acechaba en esos bosques sin ley. Pero, ¿cómo saber la verdad de sus hechos sin acercarse a ellos para reportarla? Había que arriesgarse para lograr la historia y había que sobrevivir para contarla. Esa tensión, ese equilibrio precario es el que define el reportaje de alto riesgo y mayor importancia. Hay muchas medidas que pueden tomarse en cada tramo para aminorar peligros y todo indica que ambos lo hicieronpero hasta los mejores planes de seguridad pueden fallar, como fallaron en esa última entrevista que no se realizó, poco antes de que el asesino o los asesinos les dieran alcance y muerte en el río.

 

Mapa de la zona de búsqueda y hallazgo de Phillips y Pereira (Infografía: Rudy Jordán).

 

Phillips estaba terminando un libro sobre la Amazonía y las amenazas que enfrenta. El viaje tuvo el propósito de reportear los datos que faltaban para la parte final de la redacción. Pereira decidió acompañarlo.

Bruno Pereira era un experto cuyo trabajo eficaz primero como funcionario y luego como activistapara enfrentar a los depredadores de la selva y de sus pueblos, lo había hecho querido por los pueblos indígenas y odiado por los depredadores. Pereira conoció a Phillips cuando los primeros reportajes de este sobre la Amazonía lo llevaron a una fascinación envolvente sobre el tema, que se convirtió en el principal de su carrera y su vida. Ambos habían viajado ya juntos a la zona y desarrollaron la estrecha amistad de vocación vivida y compartida.

Contra lo que sugirió inicialmente Bolsonaro, la selva no tragó sus restos. La intensa movilización de la población indígena que rastreó sin descanso la zona a la que luego se sumó la Policía Federal de Brasil y, finalmente, grupos de Fuerzas Especiales del ejército brasileño, llevó a encontrar primero parte de su ropa y equipaje, a arrestar a quien luego confesó el asesinato, a ubicar los lugares donde enterraron los restos y poder identificarlos después.

La búsqueda empezó el día de su desaparición. En Atalaia do Norte, donde se los esperaba antes del mediodía, empezó de inmediato la búsqueda de Phillips y Pereira. Univaja, la Unión de los Pueblos Indígenas del Valle de Javarí, organizó un grupo de 20 indígenas, coordinados por el consultor de la organización, Orlando de Moraes Possuelo.

 

En plena búsqueda en las áreas inundadas cerca del cauce del río Itagui (captura del reportaje sobre el caso para Channel 4 News, realizado por Guillermo Galdós).

 

Antes de la intervención de las autoridades brasileñas, los exploradores indígenas emprendieron el esfuerzo formidable por encontrar a los desaparecidos en el río y los terrenos inundados de la selva. Como declaró Possuelo, la búsqueda fue en canoas pequeñas, usando remos, sin motor, sobre todo en los ‘igapós’, áreas de la selva que se inundan en la época en que el río crece.

Entre quienes se sumó a los exploradores en la misión, que pronto transitó de la urgencia esperanzada a la tenacidad dolorosa, estuvo Guillermo Galdós, el corresponsal de Channel 4 News para Latinoamérica, con base en Lima. Fueron, dice Galdós, jornadas extenuantes, de luz a luz, sin concesión a la fatiga.

[Después de algunos días] se encontraron ropas de los perdidos. Las encontraron al lado del Itaquaí [] Fue por la capacidad de los indígenas para encontrar eso. El sitio era tan salvaje que en la noche tiraban bengalas para espantar los jaguares y no se bañaban para evitar los caimanes.

 

Día ocho de la búsqueda. Súbitamente en medio de los bosques inundados se encuentra un polo y pantalones que pertenecieron  a Bruno Pereira (captura del reportaje sobre el caso para Channel 4 News, realizado por Guillermo Galdós).

 

En el inquieto pernoctar bajo el exorcismo silvestre de las bengalas, Galdós tendió su hamaca cerca de la de los materos, los guías expertos de la zona. Fue muy duro, dice. La comida, limitada por necesidad de peso en las pequeñas embarcaciones, era compartida entre las 25 personas que hacían la búsqueda.

Al día siguiente de encontrar ropa y algunos efectos de Phillips, llegaron buzos militares y bomberos a la zona, que encontraron fondeadas más ropa y calzado de los desaparecidos. Poco después, sumando hallazgos orgánicos e informaciones, fue arrestado Amarildo da Costa Oliveira, el primero de un grupo al comienzo de tres y luego de cinco detenidos, desde el cual emergieron las confesiones de los atroces asesinatos.

 

Agentes de la Policía Federal escoltan al pescador que confesó el asesinato de Pereira y Phillips (foto: AFP).

 

La notable cobertura de Galdós, en inglés, puede verse en este enlace  y en este

¿Fueron pescadores ilegales el asesino confeso, su hermano y otros tres cómplices arrestados hasta hoylos que mataron a Phillips y Pereira solo porque incomodaban su labor depredadora? Es posible, aunque también lo es que hayan actuado por encargo de organizaciones criminales de mayor calibre y poder, como indican algunas versiones. Sea lo uno o lo otro, el asesinato de Pereira y Phillips alumbra, con el golpe efímero de luz que dura lo que la indignación y el dolor, la violencia que gobierna esa región, en la compleja interrelación de empresas depredadoras y organizaciones criminales en asedio permanente de reservas naturales; y de pueblos indígenas que sobreviven y resisten en la atmósfera ominosa de la amenaza y la letalidad.

Esa no es solo una historia brasileña. Rebalsa con mucha fuerza al Perú. Atalaia do Norte, donde empezó y debió terminar la trágica travesía de Phillips y Pereira, está en la línea de frontera con Perú, río de por medio con Puerto Amelia, donde ondea la bandera peruana pero donde la violencia desprecia fronteras.

 

 

El ataque a Puerto Amelia

El informe de la Dirección General de Inteligencia del Ministerio del Interior (Digimin), reseñó el ataque como uno más de los Hechos relevantes recientes, registrados en el distrito Yavarí”, en lo que va del año:

 

(PVF, de paso, significa Puesto de Vigilancia de Frontera).

 

¿Ocho fusiles? ¿Bajas solo en la Policía? Luce lo suficientemente grave un ataque de sorpresa que aplastó a los policíascomo para montar una respuesta de emergencia.

Pero recién el 22 de febrero, la Digimin reportó una reunión virtual para hablar sobre el tema.

 

¿”Puntualizar detallesmás de un mes luego de ocurrido el asalto al puesto de frontera?

En los hechos, lo que sucedió fue peor que lo que sugiere la sumaria información de la Digimin.

A mediados de junio, después de más de cinco meses del ataque durante el reportaje sobre la desaparición de Dom Phillips y Bruno PereiraGuillermo Galdós y Tom Phillips, de The Guardian, cruzaron el río a Puerto Amelia y esto es lo que encontraron del puesto:

 

Lo que quedó del puesto de Puerto Amelia tras el ataque (foto: Guillermo Galdós).

 

Casi medio año después del ataque la escena continúa siendo una de desolación, tal como la describió The Guardian: Archivadores, camas metálicas de camarote se encuentran abandonados y dispersos en la maleza [] mariposas tigre anaranjadas revolotean sobre un abandonado hito de frontera, dándole un toque de color a una escena por lo demás desolada. [] Se llevaron armas, fusiles, balas, todo, dice un habitante, que guió a The Guardian en un tour de la base estratégicamente posicionada sobre el río Itaquaí, donde se teme que Phillips y Pereira hayan sido asesinados.

El despacho de The Guardian se publicó poco antes de encontrar los restos de Phillips y Pereira.

El ataque fue tan aplastante como para no dejar huellas ciertas sobre la identidad de los perpetradores. ¿Colombianos, brasileños, peruanos, una combinación de todo lo anterior? Claro que una investigación inmediata, en colaboración con la Policía Federal brasileña, hubiera arrojado resultados. Pero, como queda visto, en el caso de la destrucción del puesto de Puerto Amelia, no hubo movilización alguna. No se hizo nada.

Según la versión de habitantes locales, el ataque se produjo a las tres de la tarde, cuando los policías se encontraban jugando fútbol. Los atacantes, entre veinte y treinta, bien armados, abrieron fuego a mansalva contra los sorprendidos policías, que huyeron al bosque, sufriendo heridas pero sin víctimas fatales. Los atacantes, dueños del terreno, saquearon sin apuro el puesto de la PNP, cargaron once fusiles, armas menores y munición y se retiraron.

Ahí no acabó la incursión. De acuerdo con el testimonio de los lugareños, los atacantes regresaron el día siguiente, destrozaron el local, le prendieron fuego y dejaron las ruinas que hasta el día de hoy permanecen.

¿Llegó alguna fuerza de seguridad peruana para establecer un grado de presencia? Hasta ahora, no.

No fue ese el único ataque con captura de armamento en la región. De acuerdo con fuentes bien informadas, en los cinco últimos años por lo menos tres puestos de vigilancia de frontera de la PNP han sido atacados y se han llevado las armas de los puestos.

 

Puesto de Vigilancia de Frontera de Yahuma (foto: La Región, Iquitos).

 

El 30 de setiembre de 2015, por ejemplo, el Puesto de Vigilancia de Frontera San Fernando sufrió la pérdida de dos fusiles AKM, una pistola y municiones.

El 20 de agosto de 2015, unas semanas antes, 7 fusiles, una pistola y 250 balas fueron arrebatados del Puesto de Vigilancia de Frontera de Yahuma.

No solo hubo pérdida de armamento en puestos policiales. El primero de enero de 2016, fueron robados 18 fusiles Galil de la guarnición militar de Quistococha.

Hay una enorme demanda por armamento militar, sobre todo fusiles de asalto, en Brasil, y particularmente en la Amazonía, debido a la ya larga guerra entablada entre las dos principales organizaciones criminales de esa nación: el Comando Vermelho y el PCC (Primer Comando de la Capital). En la Amazonía, otra organización criminal de raíces regionales, la Familia del Norte, FDN, tuvo un papel central en las batallas sangrientas que empezaron en Manaos, el primero de enero de 2017, con una matanza de 56 presos dentro de una cárcel local.

Durante la semana en la que acaeció la desaparición y muerte de Phillips y Pereira, el miércoles 15 de junio, fue asesinado en un restaurante de Leticia, el brasileño Afonso Celso Caldas de Lima, miembro importante de la FDN, quien había fugado meses antes de una cárcel de Manaos. Era buscado por la Interpol en todo el mundo mientras se mantenía como un próspero prófugo a caballo de las tres fronteras. Su vida terminó en el restaurante El punto del consomé”, en Leticia, donde los sicarios mataron también a personas inocentes que coincidieron con Caldas en la hora fatal.

 

En 2016, Caldas fue capturado por la policía brasileña, pero huyó poco después (foto: Policía Civil).

 

Leticia es, en los hechos, una sola ciudad con Tabatinga, sin frontera de por medio. El paso de un país al otro se produce al cruzar una calle.

Guerras sangrientas entre organizaciones criminales por el control y lucro de uno de los principales vectores de narcotráfico y lavado de dinero en el continente el trapecio amazónico, junto con las cuales se desarrollan otras múltiples actividades depredadoras en la Amazonía, con víctimas inmediatas los pueblos indígenas sobre todo, pero no los únicosy víctimas mediatas: el mundo entero.

Ese era el escenario que Pereira y Phillips conocieron muy bien y por cuyas víctimas inmediatas y mediatas emprendieron, como lo han hecho y hacen otros, la empresa de defenderlas a través del conocimiento y el activismo, sabiendo el riesgo inmenso que enfrentaban, convencidos de que era necesario acometerlo.

 

Once años después

Hace once años, en 2011, IDL-R reportó en el lugar el desarrollo de la primera operación binacional peruano-brasileña contra el narcotráfico en la Triple Frontera.

Fue un plan ambicioso que invirtió recursos considerables de la PNP y la Policía Federal de Brasil. El Perú movilizó cerca de 200 policías de la Dirandro, bajo el mando de su entonces jefe el general PNP Carlos Morán. La policía aérea, dirigida por el general PNP Darío Hurtado desplegó tres helicópteros UH1H, un helicóptero Mi-17, dos aviones Antonov, un Y-12 y un Cessna Caravan C-208.

Los brasileños de la Policía Federal no solo aportaron la base operativa de su bien equipado cuartel general en Tabatinga, su eficiente red regional de inteligencia e informaciones, sino también el combustible para un reabastecimiento rápido de los helicópteros empleados en las operaciones. Al frente de los brasileños en Tabatinga estaba el legendario policía federal Mauro Espósito, cuyos largos años en lucha permanente contra narcotraficantes lo convertían en uno de los primeros expertos policiales antinarcóticos en el hemisferio.

 

Helicóptero UH1H se reabastece en La Chata brasileña (foto: IDL-Reporteros).

 

Las operaciones fueron intensivas y bien coordinadas. Permitieron comprobar una extensión mayor de la calculada de cultivos de coca adaptados, ingeniería botánica de por medio, a la selva baja. Eran cultivos promocionados por narcos colombianos e injertados en un ecosistema ajeno al tradicional.

El operativo fue exitoso, mientras duró. Demostró, en parte, lo que se podría lograr si lo efímero se hiciera permanente.

Pero eso no sucedió. La iniciativa pasó a la historia con el nombre de Mega Operación Binacional Trapecio I. Luego, los policías y sus máquinas retornaron a sus bases, mientras el narcotráfico se quedó en el lugar y continuó creciendo.

En los años siguientes se sucedieron operativos de menor calibre que el original frente a un fenómeno que no paró de crecer. Estos fueron:

 

 

En 2011, la buena noticia para los policías binacionales fue la captura reciente del más importante y temido narcotraficante del Trapecio en ese tiempo: Jair Ardela Michué, conocido como Javier.

Ardela era considerado uno de los narcos más sanguinarios que operaron en el Trapecio. Se le atribuía más de cien asesinatos, entre ellos el de dos policías federales brasileños y uno peruano. Su ascenso, de vendedor de pop corn en Leticia a capo narco del Trapecio, se debió fundamentalmente a su letal agresividad. Finalmente, un grupo de élite de la Dirandro lo capturó en un islote fluvial sobre la frontera de Perú con Brasil y lo entregó a la Policía Federal. Ardela murió pocos años después en una prisión brasileña.

 

 

Pero su captura no trajo paz ni mayor respiro a la Triple Frontera. Las mayores organizaciones criminales de Brasil dominaron pronto el tráfico de drogas de Colombia y Perú hacia Brasil y su eventual reexportación, a Europa sobre todo.

Como se menciona en esta nota, la pugna por el control del narcotráfico entre el PCC de São Paulo, la FDN de Manaus y el CV de Río de Janeiro aumentó enormemente la violencia, que irradió a varias regiones de Brasil, pero también a Colombia y Perú.

En medio de la pugna creció la demanda, aumentaron las áreas de cocales en la frontera y el número de personas atareadas en los primeros escalones del narcotráfico. La situación de seguridad involucionó un continuo deterioro.

La promesa de la primera operación binacional de 2011 quedó como un recuerdo lejano. Bajo el imperio de la criminalidad, la vida en el Trapecio aceleró la deriva hacia las tres palabras definitorias del Leviatánde Thomas Hobbes: peligrosa, corta y brutal.

Publicado el martes 21 de junio, 2022 a las 11:39 | RSS 2.0.
Última actualización el martes 21 de junio, 2022 a las 18:06

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Web por: Frederick Corazao

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