(Ilustración: Mario Segovia Guzmán)

Otra vez enfrentamos la elección entre el mal mayor  y el mal menor.

Podemos llamarlo el dilema peruano.

Debiéramos poder elegir entre el bien mayor y el bien menor.

Eso nos ha sido denegado por el destino, desde que arrancó el siglo XXI, luego del derrocamiento del fujimorato, con sus grandes esperanzas de una democracia limpia y eficiente que fueron prontamente barridas por la desilusionante fuerza de los hechos.

Así surgió, en medio de todo, la monótona constante del obligado mal menor en cada elección.

Eso no significa –y doy a continuación algo de contexto– que el Perú sea un país de aburrida disfuncionalidad.

Si en algo somos ricos es en paradojas. Disfuncionales, pero paradojas al fin.

En la década de los 70 del siglo pasado, entre las múltiples dictaduras militares contrainsurgentes de derecha que cubrieron el continente, el gobierno militar peruano fue uno de izquierda.

Influenció a Torres en Bolivia, a Torrijos en Panamá y a un entonces todavía joven oficial venezolano, Hugo Chávez. 

En los 80, la insurrección de Sendero Luminoso fue la única en Latinoamérica inspirada en y seguidora del maoísmo radical que cristalizó en la Revolución cultural china.

Y esa deficiente traducción china, impuesta por la fuerza en el texto de nuestra historia, terminó enfrentada a un presidente japonés, como si hubieran quedado asuntos por resolver en los escenarios de la brutal guerra de China contra los ocupantes del Japón.

Lo del Perú tuvo por momentos una bidimensionalidad de historieta, que veló pero no ocultó las realidades trágicas, inmensamente reales que acarreó, de sangre, dolor, masiva destrucción.

El primer cuarto del siglo XXI en este país ha sido marcado por una democracia de mucha expectativa que entró en paulatino deterioro, hasta derivar en la elección forzada del mal menor en cada una de sus elecciones.

En el camino, se manejaron múltiples transfuguismos e hipocresías retóricas que afectaron la trayectoria de los partidos. También ¡y cómo!, la de sus políticos.

No fue nada nuevo, excepto en su intensidad. Alberto Fujimori, por ejemplo, fue elegido en 1990 como la respuesta de la izquierda a la candidatura de derecha de Vargas Llosa.

(Foto: Youtube ATV Noticias)

Y esa proclividad al discurso hipócrita no solo devaluó el lenguaje, sino condujo a nada menos que casos de metamorfosis en varios de los políticos que hoy defienden con ardor dogmas que antes atacaron con pasión; o ayer proclamaron posiciones que hoy atacan con fanático frenesí.

Keiko Fujimori, por ejemplo.

Ahora se presenta, sin tapujos, como una candidata de la derecha.

¿Recuerdan el mensaje a López Aliaga en el primer debate?

Pero todavía algunos no olvidan las palabras de Keiko Fujimori en Harvard. Aprobó el trabajo de la Comisión de la Verdad y Reconciliación.

Aunque explica que lo criticó debido a que no se escuchó lo suficiente a los militares y los policías. Pero que, a fin de cuentas, el aporte de la CVR fue positivo y que el paso siguiente debía ser el de las reparaciones.

Condenó las violaciones de Derechos Humanos perpetradas durante el gobierno de su padre.

Expresó también que el haber mantenido a Montesinos y haberse presentado a la re-reelección fueron errores graves de Alberto Fujimori.

En cuanto a Fernando Rospigliosi, ni se diga.

Está claro que merece un examen mucho más detenido que el de esta algo breve columna. Por lo pronto, lo que resulta evidente es que el Rospigliosi de hoy está empeñado en una guerra a muerte contra el Rospigliosi de ayer.

Contextos.- Con todas sus singularidades, la elección de este domingo en el Perú es, en su circunstancia, reflejo de la crisis de la democracia en el mundo. La mayor y más grave desde los años de surgimiento del fascismo y el stalinismo en las décadas 20 y 30 del siglo pasado.

En Europa, pese a la reciente derrota en Hungría de Viktor Orbán, el portaestandarte de la ultraderecha antidemocrática en la Unión Europea; y a los reveses sufridos en otras naciones, la ultraderecha permanece como una fuerza considerable y amenazante para la democracia en el continente.

En el Hemisferio, la victoria de Trump II, que afectó el orden geopolítico en el mundo, resonó con particular fuerza y efecto en Latinoamérica.

A su sombra (incluyendo la de Trump I), proliferaron varias formas y estilos de ultraderecha y dictaduras afines.

Desde la derecha de Guatemala que, protegida por el primer gobierno de Trump, arrasó con la lucha anticorrupción de la CICIG y copó los diversos poderes del Estado, (como se ha hecho aquí luego). En comparación, el gobierno de Bukele en El Salvador fue después más simple, concentrado en lograr la mayor eficiencia (y el mejor marketing) de la brutalidad. 

El gobierno de Daniel Ortega en Nicaragua, que derivó de los orígenes sandinistas a un neo-somocismo con esteroides.

El sorprendente caso de Venezuela, donde una sofisticada operación de inteligencia logró convertir, con un audaz golpe de mano de por medio, a un corrupto estado cleptocrático auto descrito como revolucionario, en un protectorado de Estados Unidos, bajo las órdenes directas de Trump.

El enfrentamiento electoral entre opciones de izquierda democrática con la derecha dura o la ultraderecha, reconfigura también el mapa político latinoamericano.

Giros importantes hacia la derecha sucedieron con las victorias recientes de Kast en Chile y Paz en Bolivia (antes de Noboa en Ecuador). Ninguno de ellos la tiene fácil.

La derecha también ha sufrido contrastes, no muy recientes pero importantes.

El triunfo de Bernardo Arévalo en Guatemala representó una derrota a medias de la ultraderecha, que, como he escrito, guarda varias semejanzas con el caso peruano.

La derrota de Jair Bolsonaro ante Lula y el sofocamiento del intento de golpe de estado de la ultraderecha fue su más contundente, pero no decisiva, derrota. En las próximas elecciones presidenciales, Lula enfrentará al hijo de Bolsonaro. El resultado tendrá inmensa importancia para América Latina.

Entre tanto, otros dos países definirán rumbos y destinos completamente diferentes en dos segundas vueltas próximas.

Colombia: entre el izquierdista Iván Cepeda y el ultraderechista Abelardo de la Espriella. 

Perú.

En ese contexto estamos. Ahora, antes de votar el día domingo, lo correcto es respondernos algunas de las siguientes preguntas:

¿Qué tipo de gobierno es el que estamos tratando de evitar?

Parece que el actual, ¿verdad? … a juzgar por casi todas las encuestas de los últimos meses, que mostraban al actual gobierno como uno de los más repudiados en nuestra historia republicana.

¿Quién gobernó el país durante los últimos años?

Pese a los intentos por ocultar paternidades, hay muy poca duda: la coalición corrupta, formada por la alianza, en los hechos, del fujimorismo, su fuerza principal, con Perú Libre, Renovación, APP,  Podemos y otros.

En una coalición cuyos integrantes proclamaron y proclaman opuestas y enfrentadas ideologías, (desde un supuesto anarco-capitalismo hasta un marxismo-leninismo de offshore) pero a quienes unió la defensa de intereses corruptos y la destrucción de valores y procesos democráticos.  Por fuera, enfrentados por las ideologías; por dentro, articulados por la complicidad.

¿Quién promovió, dirigió, encauzó y aprovechó esta coalición?

El fujimorismo, repito, fue protagonista central de esa coalición corrupta.

Candidata presidencial Keiko Fujimori. (Foto: Andina)

Aparte del efecto tóxico sobre la democracia, el equilibrio de poderes y la lucha contra la corrupción, cuáles fueron otros de los resultados reales y los efectos colaterales de las acciones perpetradas?

Criminalidad desbordada, corrupción, desorden,  enmascarado con la desinformación y las mentiras de una dictadura que controla todos los poderes.

Cuando hablan de orden, ocultan que ellos causaron, provocaron y acentuaron el desorden de hoy a través de la captura mafiosa del Estado. Eso es lo que representa hoy el fujimorismo.

Por otro lado, Juntos por el Perú está lejos de tener un buen récord en su paso por el gobierno.

Aún así es mucho más cercano a la democracia que la coalición fujimorista.

Sobre todo, su reciente viraje al centro que llevó a recibir el apoyo (crucial para su supervivencia, sin el cual no podrá gobernar) de fuerzas democráticas con representación en el siguiente gobierno, marca ahora una clara diferencia con lo que significa la coalición fujimorista.

Roberto Sánchez junto con líderes de otros partidos. (Foto: Crónica Viva)

¿Borra eso todas las dudas, absuelve todas las preguntas que pueda hacerse un votante razonable?

Me parece que no. Sin embargo, en la circunstancia actual, la candidatura de Roberto Sánchez, respaldada por la coalición de fuerzas democráticas, aparece con claridad como el mal menor.

¿Votar otra vez por el mal menor? ¿Prolongar el ciclo perverso?

La alternativa es el voto blanco, viciado o nulo.

¿Es esa, hoy por hoy, una alternativa legítima? Me temo que el problema es que si bien ese voto pueda hacer sentir una cierta superioridad moral en quien lo emite, llevará a una inferioridad política. Mejor dicho, a una derrota con consecuencias perdurables en contra de la democracia.

Entonces, el voto por el mal menor es para salvar lo que queda de democracia de un inminente peligro existencial. Quizá el mayor en este siglo. 

Y si, pasado este trance, se persiste en el propósito de liberarnos del ciclo perverso del mal menor, será necesario esforzarse en construir partidos e instituciones predicados en el servicio a la integridad pública y la democracia desde ya. Con el temple y el  ánimo de quien se embarca en esfuerzos de largo aliento y mucha complejidad, pero con metas y objetivos de inequívoca claridad.