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Política y Democracia

Sirvienta del Opus Dei

María Minga Calderón (Foto: Archivo personal de María Minga)
María Minga Calderón es oriunda de Piura, tiene 43 años y hace tres que “salió” del Opus Dei. Durante casi dos décadas fue numeraria auxiliar, la categoría más baja de la organización católica: son las mujeres que sirven a las jerarquías de curas y hombres laicos. Este es el primer testimonio en el Perú de una práctica que en 2021 salió a la luz por la denuncia de 43 mujeres en la Argentina y que ya replica testimonios en México, Paraguay, Uruguay, Bolivia, Chile, Guatemala, Irlanda, España y Polonia.
por Paula Bistagnino
PUBLICADO lunes 27 DE julio, 2026 A LAS 16:23
ACTUALIZADO lunes 27 DE julio, 2026 A LAS 18:03

El despertador sonaba cada día a las 5.55 de la mañana. Era un timbre poderoso que se propagaba a toda velocidad por el pasillo al que daban las habitaciones. Apenas el riiing se colaba por debajo de las puertas, todas debían salir de la cama sin perder tiempo. Lo siguiente era arrodillarse en el suelo, besarlo y decir en voz alta: “¡Serviam!”. O “Serviré”. Esa rutina, llamada “el minuto heroico”, fue durante 17 años la forma de amanecer de la piurana María Minga Calderón como miembro de la organización católica Opus Dei. “Yo fui numeraria auxiliar, que somos las mujeres que servimos, limpiamos, cocinamos y hacemos toda la atención doméstica de las casas de ‘la Obra’”, cuenta la mujer, que hoy tiene 43 años y que se fue de la institución en 2022 porque ya no le encontraba sentido a su vida dentro.

María Minga es la primera ex sirvienta del Opus Dei del Perú que decide dar testimonio y se suma así a una lista de mujeres de una decena de países de América y Europa que denuncian haber sido explotadas dentro de la organización más secreta y elitista de la Iglesia Católica. En tanto, la oficina de comunicación de la institución en el Perú, a cargo de Carlos Enríquez, se negó a dar una entrevista para este artículo.  

El inicio de esta crisis global para el Opus Dei y para el Vaticano comenzó en la Argentina en 2021: allí, un colectivo de 43 mujeres –la mayoría de ese país, pero también de Paraguay, Bolivia y Uruguay– denunció ante la prensa para sacar a la luz un sistema que había estado vigente durante décadas y que, con pequeños cambios empujados por la denuncia, aún continúa hasta el presente. El caso fue investigado por la justicia federal, que en 2024 acusó a las máximas autoridades del Opus Dei en la región Río de la Plata por trata de mujeres para explotación: son cinco sacerdotes, uno de ellos el segundo hombre más importante de la orden en el mundo. 

En diciembre de 2025 hubo una cumbre de la organización internacional Ending Clergy Abuse (ECA) en Buenos Aires con testimonios de las denunciantes. (Foto: ECA)
Siete de las 43 mujeres que en 2021 denunciaron ante la prensa y el Vaticano explotación laboral de parte del Opus Dei en Argentina. A partir de su testimonio, la justicia acusó a la organización. (Foto: Paula Bistagnino)

La denuncia de las 43 mujeres, también presentada formalmente ante el Vaticano, llevó a la intervención del papa Francisco, la primera en casi un siglo de existencia de poder y autonomía del Opus Dei. En 2022 le quitó la jerarquía y le ordenó reformar sus estatutos. El proceso se prolongó y es León XIV quien tiene ahora en sus manos la decisión final sobre el futuro de la orden fundada en 1928 por el cura español y santo Josemaría Escrivá de Balaguer.

El papa León XIV con el español Fernando Ocáriz y el argentino Mariano Fazio, máximas autoridades mundiales del Opus Dei, apenas asumió como sumo pontífice en 2025. Fazio es uno de los acusados por la justicia argentina en el caso de las 43. (Foto: Oficina de prensa de la Santa Sede)

El caso fue revelado en una serie de artículos publicados por la periodista argentina Paula Bistagnino –autora de esta historia– en su país y en España, y luego relatado en su libro Te Serviré (Planeta, 2024). También fue recogido por el periodista inglés Gareth Gore en su investigación Opus (Crítica, 2024). 

«Me convencieron de que Dios me pedía servir»

María Minga nació y creció en Machay, un caserío del distrito de San Miguel de El Faique, provincia de Huancabamba, en la región de Piura. “Crecí literalmente en la punta del cerro”, en una familia de agricultores numerosa. Eran 11 hermanos y ella era una de las del medio. Después de terminar sus estudios secundarios en una escuela de otro pueblo, con 16 años fue a Lima a trabajar a una casa de familia que le prometió darle estudios. No sólo nunca se los dio sino que además tampoco le pagaba por su trabajo. De allí se fue a otra casa de familia y fue entonces cuando por una conocida la invitaron a unas reuniones de mujeres en un edificio de Miraflores, Lima. Al tiempo supo que ese lugar, llamado Casagrande y ubicado en calle Piura 1026, estaba en el corazón de la sede central del Opus Dei de todo el país. A un lado y al otro de Casagrande viven las cúpulas de hombres y mujeres de la organización. Donde ella iba es lo que se llama la “administración”, el lugar en el que vive el servicio doméstico de los miembros de jerarquía. 

“Ahí había muchas chicas jovencitas como yo, sobre todo del interior de Perú. Era un lugar agradable y hacíamos deportes y rezábamos, además de aprender cocina y repostería. Me gustaba ir, porque yo venía de un hogar muy creyente, mi mamá era muy piadosa y ella me había inculcado rezar. Como yo estaba sola en Lima, sentía que yendo ahí estaba haciendo las cosas bien”. 

Al principio le llamó la atención que todo el tiempo les hicieran rezar. Además, había una práctica que ella como católica no conocía: las “meditaciones”, en las que el sacerdote predicaba en un oratorio completamente a oscuras. También le llamó la atención la insistencia personal para que fuera todos los fines de semana. “Empezó a ser un poco molesto porque a veces yo quería hacer otras cosas y me hacían sentir culpa, entonces iba de todas formas”.

María Minga se recuerda como “una jovencita muy ingenua y muy sumisa, porque esos valores me habían enseñado mis padres”. Cree que eso la hizo “entrar”: “De repente todos me hablaban de mi vocación divina. De que Dios me quería en la Obra. Yo le decía al sacerdote que no veía esa vocación, porque me quería casar y tener hijos. Me resistí hasta que un día me dijo que yo era demasiado egoísta y que no estaba siendo generosa con Dios. Eso me hizo pensar y así fue como empecé a pensarlo”. 

Al tiempo dijo que sí. No recuerda del todo el momento íntimo en el que decidió escribir la “carta de admisión”, pero sí que el 14 de agosto de 2005 le dieron un papel y una lapicera para que pusiera por escrito su deseo de ser admitida como “numeraria auxiliar” del Opus Dei. La misiva, le habían dicho, iba dirigida al Prelado, que es la máxima autoridad de la organización y que reside en Roma. En el momento en el que ella la escribió, “el Padre” –como se lo llama– era Javier Echevarría, el tercer líder desde la fundación de “la Obra de Dios”. 

Debajo del Prelado hay una jerarquía de sacerdotes (apenas el 2% de toda la institución) que gobiernan a una pirámide de hombres y mujeres laicos de clases medias y altas (98% restante de los miembros) que se dividen entre los que viven el celibato (numerarios y numerarias) y los que forman familia (supernumerarios y supernumerarias). En la base de la pirámide están las numerarias auxiliares. En esa categoría entró María Minga, como las demás mujeres pobres que entran al Opus Dei. Para ellas, sólo es posible ingresar en la Obra como servicio doméstico. 

El Plan de Vida de una numeraria auxiliar

Una vez escrita la “carta de admisión”, María Minga recibió las reglas del Plan de Vida, una hoja de ruta diaria con múltiples indicaciones a cumplir: la meditación con el oratorio a oscuras una vez a la semana, unas oraciones en latín propias del Opus Dei llamadas Preces que se rezan a diario, la confesión semanal con el sacerdote y otra conversación semanal con la directora espiritual –una numeraria–, dormir en el suelo una vez a la semana, ducharse con agua fría y trabajar.  

Además, le entregaron un bolsita con dos elementos de autoflagelación que, aun cuando llevaba cuatro años asistiendo a convivencias y retiros, nadie le había siquiera mencionado: el “cilicio”, una especie de liga con puntas metálicas que debía ajustarse en el muslo al menos dos horas al día, y las “disciplinas”, un pequeño látigo de soga con varias puntas con el que debía golpearse la espalda y las nalgas una vez a la semana, en general los sábados y mientras rezaba. 

Los primeros seis meses desde que pidió la admisión vivió fuera de la Obra, pero debía ir a Casagrande a trabajar y cumplir su rutina y sólo algunos días podía quedarse a dormir. Una vez cumplido ese plazo, empezó a vivir allí definitivamente. Eso fue en marzo de 2006. 

Casagrande estaba –y está– ubicada en Miraflores, sobre la calle Piura, entre una  residencia en la que viven mujeres numerarias del Opus Dei llamada Miralba –con entrada también por Piura (1034)– y un centro de varones numerarios y sacerdotes llamada Los Andes –con entrada por la calle Gral. Varela–. En Miralba funciona además la máxima jerarquía femenina de la organización, lo que se denomina Asesoría Regional, y en Los Andes, la máxima jerarquía masculina, que es la Comisión Regional. En total, eran un mínimo de entre 60 y 70 personas para atender a diario y además los invitados, en especial en Los Andes y la Comisión Regional. Era un total de cuatro comedores para atender, uno de las mujeres de Miralba, dos de los hombres en Los Andes y el de ellas mismas, las auxiliares de Casagrande, que se autoatendían en todas sus necesidades de limpieza, comida, lavandería, etc. 

Fachada de la sede central del Opus Dei en Perú, en el barrio de Miraflores (roja). La fachada amarilla es la de la casa de sirvientas, donde María Minga conoció la organización y luego vivió y trabajó muchos años. (Foto: IDL-Reporteros)

“De repente te enteras de todo eso”, cuenta María Minga y nombra los tres puntos que marcaron su vida en esas casi dos décadas: castidad, pobreza y obediencia. Castidad quiere decir celibato, pero además ninguna interacción con hombres salvo con el sacerdote. Pobreza quiere decir que no hay ningún acceso al dinero, que el fruto del trabajo dentro de las casas de la Obra es servicio a Dios, que si hubiera fruto del trabajo en algún caso se debe entregar a la Obra “como se hace en las familias”, al igual que si recibiera cualquier regalo o herencia. Obediencia significa que hay que hacer lo que toca, lo que piden o deciden las superioras. 

Además de cumplir con las reglas del Plan de Vida, la rutina de María Minga en Casagrande empezó a ser de más de 10 horas de trabajo de lunes a lunes con horarios y objetivos marcados para cada momento. Tenían que atender a un centenar de hombres, desde limpiar sus habitaciones y todas las instalaciones de la casa, lavar y planchar su ropa, cocinarles las cuatro comidas caseras, servirles la mesa y lavarles los platos, entre las tareas principales. También atendían a las numerarias, las mujeres de mayor rango que ellas con las que compartían casa y que las dirigían en las tareas. Todo lo hacían sin tener contacto con los hombres. 

“Está todo hecho como para que no tengas un minuto libre y no puedas pensar. Porque mientras trabajas también tienes que rezar”, recuerda. A pesar del trabajo arduo y sin descanso, los primeros dos años no fueron los más duros para ella porque, aun con sus resistencias, creía en el ideal de que ahí estaba poniendo su vida al servicio de algo mayor, y que ese camino de santidad era una salvación para ella y su familia. “Creí que me entregaba a una causa buena. Te meten dentro un gran ideal que termina por convencerte”.

La primera gran tristeza o desilusión la tuvo al año de estar dentro de la Obra, cuando le permitieron ir por primera vez a visitar a sus padres a Piura. “Como no tenía dinero, pedí si me compraban algo para llevarles y me dijeron que no, que no podía llevarles nada porque el Fundador había establecido ‘el apostolado de no dar’ para los miembros de la Obra. Llegar a casa de mis padres con las manos vacías para mí fue terrible”. 

María Minga dice que su padre no entendía bien su nueva vida. “Me decía que le parecía raro que yo no tuviera nada, ni un céntimo, y que estuviera sirviendo a otra gente. Que por qué no volvía a vivir con ellos y a trabajar en su tierra”. 

Después de dos años en Lima, le llegó el momento de hacer la formación doctrinaria intensiva que hacen todos los miembros célibes del Opus Dei. Se llama “centro de estudios” y son dos años dedicados a incorporar “el espíritu de la Obra”: se estudian escritos del Fundador, instrucciones de vida, filosofía y teología. A María Minga le ofrecieron, no sabe por qué, hacer esa formación en Santiago de Chile. Y ella aceptó. “Yo no me cuestioné, dije que sí, porque iba a servir a Dios. En la Obra la regla es ‘Dios, los demás y después tú’. Si no, eres egoísta”. 

Llegó a Chile en abril de 2007 “con una visa de trabajo en la que figuraba contratada por una numeraria y fue a vivir al mismo centro que esa mujer, Antullanca. El sistema era igual: no recibía ningún pago, pero la experiencia fue buena porque el trato era mejor. “Lamentablemente, en Chile me di cuenta de que en Perú hacían mucha más diferencia social: comíamos en comedores distintos, con vajilla distinta, y las directoras se imponían sobre nosotras con más dureza sobre nosotras”.

El visado del pasaporte de María Minga cuando fue enviada a Chile.

Volvió de Chile en marzo de 2009. Otra vez a Casagrande. Dos años más tarde, cuando ya llevaba casi cuatro en la Obra, le propusieron ir a servir a Roma, a la sede central del Opus Dei. Aceptó entusiasmada y, después de tener todos los papeles, partió. Era 2011. No le dijeron por cuánto tiempo iría. 

Siete años en el corazón del poder del Opus Dei

Como numeraria auxiliar, María Minga no era una religiosa sino una ciudadana más. “El Opus Dei me consiguió todos los papeles y una entrevista en la embajada de Italia para la que me prepararon, porque la VISA con la que salí era como si yo fuera religiosa”, dice.

Llegó a Roma en septiembre de 2011. Y cinco meses más tarde hizo allí su incorporación definitiva al Opus Dei: se llama “Fidelidad” y consiste en una ceremonia en el oratorio en la que debe colocarse un anillo como símbolo de su unión definitiva con Dios. Además, en ese momento, debió firmar un testamento a favor de su “nueva familia”. Eso es igual para auxiliares y para numerarios y numerarias. Lo común es hacerla luego de seis años en la Obra. Para María fue en febrero de 2012, a los seis años y medio de haber ingresado.

Los seis años que pasó en Roma los pasó en dos “centros” distintos. De 2011 a 2014 estuvo en un barrio de las afueras de la ciudad, en el centro Civenna, que es la “administración” de la parroquia San Josemaría Escrivá de Balaguer. Ahí eran seis auxiliares y seis numerarias y atendían a 12 hombres, casi todos sacerdotes. En 2014 la mandaron a la sede central del Opus Dei, Villa Tevere, en el barrio romano de Villa Borghese, que es un complejo residencial donde vive la cúpula mundial de la organización y donde vivió José María Escrivá de Balaguer hasta su muerte. Ella vivía en Villa Sachetti, la casa de mujeres y “administración” de Villa Tevere, que forma parte del mismo conjunto edilicio.

Cuando llegó a Roma fue enviada a trabajar en la administración de la parroquia San Josemaría Escrivá de Balaguer, tal como lo dice esta “declaración de aceptación de responsabilidad” firmada por el vicario secretario central del Opus Dei en Italia Monseñor José Javier Marcos.
Tras salir del Opus Dei, con la necesidad de buscar trabajo, María Minga solicitó una carta de recomendación en Roma y le entregaron este documento, que dice que de 2011 a 2017 “colaboró” en las áreas de alojamiento y servicio de forma “voluntaria y no retribuida” en la administración de la sede central de la organización, Villa Sachetti (aunque de 2011 a 2014 estuvo en otro centro de la misma ciudad).

“El trabajo era muchísimo más, pero mejor organizado que en Perú y teníamos medio día de descanso a la semana. Además nos dejaban hacer deporte cuando quedaba tiempo”, dice María Minga de su estancia en Villa Sachetti. Cuando estuvo ahí, vivían 51 mujeres en total, unas 15 numerarias y el resto, numerarias auxiliares. Si bien tuvo rotaciones en las tareas, le tocó sobre todo trabajar en los comedores: “Éramos de 11 a 13 auxiliares en ese sector y cocinábamos cuatro comidas para 150 personas cada día”. La rutina, sistematizada hasta en el más mínimo detalle, era agotadora. Los peores días eran los de fiestas, porque había comidas especiales, con aperitivos y más platos. 

“Hubo una parte linda de esa experiencia, que fue convivir con mujeres de todo el mundo. Pero algo que me tocó ver, también, fue la otra cara del Opus Dei: vi a muchas mujeres deprimidas por las que nadie se preocupaba. Y eso a mi me hizo mucho daño, empecé a cuestionar qué era lo que pasaba ahí”, dice María Minga y cambia el gesto sonriente a una mezcla de tristeza y enojo. 

Cuando volvió de Roma al Perú, en noviembre de 2017, su crisis se profundizó. “El cambio fue muy brusco y ya muchas cosas no me parecían. Además yo ya no era tan ingenua”. Una de las cosas que le pasó fue que empezó a visitar en su habitación a una auxiliar que estaba muy deprimida y no salía por días. “Era de Piura como yo. Estaba enferma, le dolían los huesos y estaba ahí sufriendo sola. Me enojaba esa deshumanización con alguien que vive en tu misma casa y que supuestamente es tu familia”. La respuesta de las directoras fue que no se preocupara, que todo estaba bajo control. También hubo otro caso, el de una chica más joven que estaba deprimida y por la que María consultó a la directora.  La respuesta fue aún más dolorosa: le dijeron que no le diera lugar porque “sólo quería llamar la atención”. 

Al regresar de Roma, la fueron pasando “de centro en centro”, un año aquí y otro allá. Uno de los últimos al que la mandaron fue el Instituto Condoray, en Cañete, donde se enseñaba cocina y repostería a auxiliares del Opus Dei y a jovencitas entre las que se buscaban nuevas “vocaciones” de auxiliares. Allí, en Condoray, en 2020 fue el punto de inflexión. Sus reclamos de descanso y de mejores condiciones no tenían respuesta. Además, pidió que la dejaran estudiar computación para hacer mejor su tarea en cocina y comedor, porque entonces no pensaba en irse a pesar de la crisis. Le dijeron que no podía porque había demasiado trabajo que hacer. 

“Yo me planteaba tomarme un descanso porque realmente había empezado a sentirme agobiada y muy cansada, con malestares físicos. Pedí que me cambiaran de centro. Les dije que quería visitar a mi madre.Tuve que insistir mucho, porque mi madre estaba enferma y quería quedarme con ella. Y ahí me di cuenta de que allá me sentía bien”. 

Al volver de Piura la mandaron a ver a una psiquiatra de la Obra, y este la mandó a una psicóloga que no era de la orden. Ella fue la que le dijo: “Si esto fuera un trabajo que te hace mal, ¿qué harías?”. Y así decidió irse. Fue en 2022, después de dos años de desgaste. A pesar de la insistencia de su directora, decidió escribir la carta de dispensa, el paso obligatorio para poder salir. La escribió y se fue a ver a sus padres nuevamente. Desde Piura llamó y dijo que ya no iba a regresar. “Cuando te quieres ir te dicen que le estás fallando a Dios y que no vas a poder ser feliz afuera. Yo estaba muy decidida y por eso no me convencieron de que volviera. Al mes finalmente llegó la dispensa”.

“Es muy difícil salir del Opus Dei, porque uno lleva una vida aislada del mundo y de repente estuviste 17 años dentro y no sabes bien a qué te enfrentas. Además, no tienes dinero ni nada”, dice María Minga, que al salir trabajó como empleada doméstica “cama adentro” de tres familias distintas. Luego, vivió con una amiga en Lima hasta que en febrero de 2026 pudo viajar a Italia, donde está esperando terminar sus papeles para trabajar. Dice que le gustaría estudiar para conseguir un mejor empleo. 

Durante las casi dos décadas que vivió como numeraria auxiliar del Opus Dei, María Minga no recibió ningún salario por su trabajo. “Yo no consideraba que estuviera trabajando mientras estaba dentro. No lo ves de esa manera, porque ellos te dicen que estás sirviendo a Dios”. 

De todas maneras, sí existía un pago por su tarea. Era el pago que las residencias de hombres hacían por el servicio de atención doméstica que recibían. “Te avisaban que había entrado tu dinero pero no lo veías, porque eso iba a la dirección de la casa en la que vivías. No pasaba por nosotras. Dabas por sentado que eso iba a la administración”.

Al volver de Roma pasó por varios centros y también por distintas instituciones educativas del Opus Dei. En 2019 trabajó en un centro de numerarias que eran profesoras en el Colegio Salcantay. En 2020 la enviaron al Instituto Condoray, un centro educativo para mujeres en Cañete en el que se enseña hotelería, cocina y administración y en el que hay muchas numerarias auxiliares, porque además funciona allí la administración de la casa de retiros Villablanca. En 2021 la enviaron a trabajar a la administración del Colegio Alpamayo mientras vivía en un centro llamado Parodi, todo en Lima. Dice María Minga que ahí se enteró por primera vez de cuánto era su salario, porque como trabajaba en un lugar pero vivía en otro lado, le daban el dinero en un sobre y ella luego tenía que entregarlo en su residencia: “Recuerdo que eran 1600 soles que yo entregué totalmente”.

Como a mediados de 2021, pocos meses antes de irse, a ella y otras auxiliares les abrieron cuentas bancarias –en coincidencia con la denuncia de las ex auxiliares en la Argentina; lo mismo ocurrió en otros países– y les entregaron una tarjeta de débito. “Entonces, nos hacían cobrar el salario y entregarlo. Creo que me depositaron dos veces nada más, porque como me hacían entregarlo les dije que me lo dieran en efectivo y ya”.

El único dinero que recibió para usar durante los 17 años de trabajo fue el que le asignaban para gastos personales de perfumería o farmacia: un desodorante, una pasta dental, un cepillo de dientes o elementos de higiene femenina. “A eso lo llamaban gastos ordinarios y era lo mínimo que necesitabas. Tenías que pedir el dinero y devolver lo que sobraba, aunque fuera un sol. Yo lo devolvía todo”. Cualquier otro gasto se consideraba “extraordinario”, como por ejemplo ir a la peluquería y les decían que no eran necesarios. Tampoco les permitían comprarse ropa a menudo y debían arreglarse con la que había en el “almacén”, donde se reunían las donaciones de las colaboradoras del Opus Dei. “Cuando decías que necesitabas algo, te daban vueltas y siempre tenía que ser lo más barato. Además te mandaban a comprarlo con alguien para ver que no fuera ni muy apretado ni muy escotado”.

El acceso a la salud también tuvo sus vaivenes. Al ingresar le hicieron un chequeo general de salud, una práctica habitual para todos los miembros de todas las categorías. Luego, en Chile, no recuerda haber ido al médico en los dos años en los que estuvo. Tampoco en el período en el que regresó a Perú hasta que se fue a Roma. “En Italia sí: todo estaba muy organizado y, aunque no nos pagaban un seguro, venía una numeraria médica a la casa donde vivíamos a chequearnos cada año”. Cuando algo iba mal y requería atención mayor, contaban con un policlínico de la Obra o, como le pasó a María Minga, le tramitaron la Tessera Sanitaria y pudo acceder a una cirugía en el sistema de salud italiano. 

Recién entre 2018, a su regreso de Italia, el Opus Dei en Perú contrató el Plan de Seguro EPS de Pacífico Seguros para algunas auxiliares y numerarias. Ella fue una de las que lo recibió. Algunas numerarias tenían ya cobertura privada desde antes paga por la organización, además de las que la tenían por sus trabajos profesionales fuera de la Obra, al igual que la mayoría de los hombres. 

A pesar de que el Opus Dei fue siempre su “empleador”,  los dos registros de los que María Minga tiene constancia son como empleada de personas particulares, en los dos casos dos mujeres numerarias de la organización y que eran las directoras de las casas en las que le tocó vivir. 

Esta modalidad de registrar a las numerarias auxiliares como empleadas de numerarias fue la más habitual en Perú. En otros países, como la Argentina o Chile, pero también México y España, el Opus Dei utilizó sobre todo sus asociaciones o fundaciones sin fines de lucro –también formadas por miembros numerarios y numerarias–, para registrar a las auxiliares. Ese fue el caso del tiempo que María Minga pasó en Chile, donde la registraron como empleada de la Fundación Alborada, que administra la Residencia Universitaria y Centro Cultural Alborada, una institución de jóvenes varones del Opus Dei, en el barrio Providencia de Santiago de Chile. 

El visado del Pasaporte de María Minga durante su segundo año en Chile se hizo con la Fundación Alborada como “empleador”.

El registro de las numerarias auxiliares como trabajadoras no fue una práctica hasta entrada la segunda década del siglo XXI, en ningún lugar del mundo y en especial en América Latina. Lo hicieron una vez que empezaron a sancionarse las leyes de protección del empleo doméstico. 

María Minga dice que se decidió a contar su historia porque en el Perú hay muchas mujeres que vivieron lo mismo y que hay muchas que están saliendo ahora –así como muchas aún viven y trabajan en estas condiciones– y que se sienten desamparadas. “Quiero hablar para que se haga justicia porque muchas mujeres han sido vulneradas. Y el Opus Dei se ha aprovechado de ellas, de nosotras, por nuestra vulnerabilidad. Y eso me da náuseas hoy cuando lo veo. Por justicia y por humanidad”. 

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