En el programa de Reporteros, el 12 de este mes de septiembre; y ahora en IDL-R, nos concentramos en el que quizá sea, hoy por hoy, el problema central en nuestro país y en el continente: el de la criminalidad y su brutal impacto en la vida de la gente.
El hecho que abrió el tema fue el anuncio de la integración del Perú al llamado Escudo de las Américas, acentuado y reforzado con la presencia en Lima del secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio.

¿Puede considerarse al “Escudo de las Américas” como un avance significativo en la lucha contra el crimen? ¿Es una iniciativa novedosa, con poder conceptual y relevancia estratégica?
La primera sensación que provoca este peculiar “escudo” es una de déjà vu, la de algo ya visto; o, más bien, de déjà vécu, de algo ya vivido. A diferencia del concepto, que define la sensación intensa en la memoria de algo ilusorio, que no existió, en el caso del Escudo de las Américas, el déjà vu sí despierta el recuerdo de una realidad muy parecida en el pasado.
Se trata de una iniciativa que se inició a comienzos de la década de 1970, cuando el entonces presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, declaró la llamada “guerra contra las drogas».
La analogía con el Escudo de las Américas se acentuó en 1974, cuando el entonces embajador de Estados Unidos en Colombia, Lewis Tambs, acuñó y propaló un término dentro del que buscó insertar la “guerra contra las drogas”: la “narcoguerrilla”. Así, la contrainsurgencia contra las entonces ya muy veteranas insurrecciones de las FARC (sobre todo) y también del ELN, se trató de unificar en un solo concepto con la lucha contra el narcotráfico.

No fue una ocurrencia conceptual efímera sino la etiqueta de un política que buscó expandirse, mediante una fuerte propaganda, en todo el Hemisferio.
¿Qué sucedió con esa política? Pese a que fue propulsada con muchos medios y a que tuvo el acierto parcial de identificar la participación de varias organizaciones insurreccionales, sobre todo las colombianas, con el narcotráfico, dejó completamente de lado a quienes no estaban en absoluto en ese ámbito y representaban una parte sustantiva, poderosa, armada, temible, del narcotráfico: desde los carteles hasta los paramilitares.
El choque con la realidad se expresó hasta con una refinada contundencia en la investigación del célebre caso Irán-Contra. El embajador Tambs había pasado de Colombia a ser el embajador en Costa Rica. Ahí lo alcanzó la investigación, que identificó y describió cómo Tambs había participado en ayudar a la financiación de los Contra (la resistencia armada contra el régimen sandinista en Nicaragua, apoyada en lo militar por el gobierno estadounidense de manera encubierta), mediante el narcotráfico.
El asunto se investigó a fondo y, en lo que a Tambs concierne, terminó con el gobierno de Costa Rica declarándolo persona non grata a perpetuidad. Las conclusiones sobre la participación delictiva de Tambs fueron también las de la comisión investigadora del Senado de Estados Unidos que presidió el senador John Kerry.
¿Qué demostró eso? Que cuando se insertó dinámicas y objetivos de la Guerra Fría en la llamada “Guerra contra las Drogas”, se produjo un efecto de sustantiva distorsión que no sólo afectó las campañas contra el narcotráfico sino borró el concepto mismo de frentes y ubicación del enemigo en esa singular “guerra”.
Así, cuando reventaron escándalos sobre participación en el narcotráfico de quienes habían sido previamente tenidos como aliados, como Manuel Antonio Noriega en Panamá; o Vladimiro Montesinos en este país, el concepto mismo de una guerra marcada por frentes y enemigos claramente reconocibles, quedó vaciada de contenido y perdió relevancia. El problema fue el daño que esa distorsión ocasionó a la posibilidad de haber enfrentado el problema de las drogas con estrategias coherentes basadas en un diagnóstico preciso y certero de la realidad.
En cambio, cuando se permite la politización y la demagogia sobre problemas graves y fundamentales, el resultado será invariablemente negativo
¿Y qué pasa cuando ese problema grave y fundamental que se descuida, es el de la criminalidad,?
No tenemos que ir muy lejos para saberlo. Lo podemos ver de cerca, por ejemplo, en el caso del Ecuador, que pasó de ser una de las naciones menos violentas y más seguras en el hemisferio, a competir ahora con Jamaica por la deprimente distinción de ser la más violenta. Y, dentro del Ecuador, la relativamente pequeña ciudad de Durán es considerada ahora la más letal del mundo, con el mayor índice de homicidios, a excepción de algunos de los territorios asolados por guerras.

¿Qué enseña Ecuador y qué enseña Durán? Que hubo negligencia en el diagnóstico, descuido inexcusable en la acción y, con certeza, mucha corrupción, que magnifica y hasta cultiva la incompetencia y estimula la degradación.
¿Nos concierne? Claro que sí, puesto que aquí se dan muchas de las condiciones que hicieron posible lo que ha sucedido en Ecuador. Y no es el único caso. Uno de los más dramáticos en el Hemisferio es el de Haití, que aunque lejano al nuestro histórica y culturalmente, representa la realidad viva de una nación en brutal desgobierno, depredada por bandas armadas que imponen una cotidiana agonía hobbesiana sobre su población; mientras las tímidas medidas con las que la comunidad internacional intenta paliar sus más duros extremos, fracasan una y otra y otra vez.
Entonces, el crimen organizado, la criminalidad organizada es un problema muy serio que debe ser estudiado y enfrentado en sus propios términos y no como cobertura de otros objetivos: La Guerra Fría antes; el avance de la ultraderecha y el MAGA ahora.
Por eso, debemos empezar por entender que ahora el crimen organizado es un asunto internacional, así como doméstico, que compete a varias naciones en muchos de los casos importantes. Es lo que Abraham Lowenthal llamaba asuntos intermésticos, internacionales y domésticos a la vez.
Desde esa perspectiva, me pregunto si el llamado Escudo de las Américas ofrece esa posibilidad de cooperación internacional estratégica llevada a cabo correctamente y con metas, capítulos y sobre todo estrategias claras. La respuesta es que no.

El sábado pasado, por ejemplo, El New York Times publicó un reportaje que describe la actual tensión entre Estados Unidos y Brasil, marcada por la posición de Lula frente a MAGA y la ultraderecha, así como por la total cooperación del gobierno de Trump con esta, perjudica directamente la cooperación entre ambas naciones en la lucha contra el crimen organizado.
El reportaje indica que el Departamento de Estado está aguantando otorgar visas a agentes de la Policía Federal brasileña, para cooperar policialmente con, sobre todo, el FBI.
En respuesta, Brasil, también ha paralizado la concesión de visa para los funcionarios policiales estadounidenses designados como puntos de enlace en Brasil. Eso se da poco después de que Trump haya declarado a las dos principales organizaciones criminales de Brasil, el Comando Vermelho y el PCC, como organizaciones terroristas.
¿De qué sirve eso si a la vez se corta la colaboración policial directa? ¿Para mostrar el desagrado de Trump con Lula y buscar de ayudar a Bolsonaro? Eso indica hasta qué punto la lucha supuestamente declarada contra un enemigo de real peligro queda supeditada a las consideraciones políticas de la ultraderecha y de la MAGA.
Viéndolo con un poco más de distancia, hay algo fuera de lugar cuando el llamado Escudo de las Américas excluye a México y a Brasil, las dos naciones más importantes de Latinoamérica. Y no solamente eso, sino dos naciones en las que juega un papel central el crecimiento internacional del crimen organizado, a través del Comando Vermelho, el PCC y otras organizaciones en Brasil; y de los carteles narcotraficantes en México.
Entonces, cuando se subordina la lucha contra la criminalidad a otras estrategias dominantes, la Guerra Fría en los años 70, el avance de MAGA y la ultraderecha ahora, se distorsionará y finalmente saboteará esa lucha contra la corrupción y también se correrá el riesgo de que para el servicio de la propaganda, lo que debieran haber sido medios de investigación y medios de acción se conviertan en un fin en sí mismos, por miopes o tóxicos que puedan ser.




