En estos días, la prensa lumpen de Willax ha lanzado una campaña virulenta de ataques contra César Hildebrandt y el semanario H13 que dirige. El objetivo, a través de una intensa ofensiva de descrédito, es lograr que se ponga en marcha una acción penal de la fiscalía en contra del periodista. Y si no, por lo menos la calumnia.
¿Para llegar hasta dónde? Ya pueden imaginar ustedes los sueños húmedos de los mafiosos. De lavado de activos para abajo, cárcel si se puede. Pero cuando menos el socavamiento de tiempo y energías que supone defenderse de cargos absurdos, revestidos por la jerga leguleya preparada por los abogansters al servicio de la mafia. Y la inevitable erosión de cierto nivel de prestigio (el menos importante, es cierto) que provoca la repetición continua, estridente, de las campañas de desinformación, sobre todo entre los sectores más crédulos e influenciables de la población.

La desinformación, como se ha explicado muchas veces, aunque quizá no las suficientes, parte de algunos hechos ciertos, de determinadas verdades, que sirven de anzuelo que engancha a los crédulos, para construir a partir de eso, edificio tras edificio de mentiras. No es nueva, ni mucho menos, pero la era digital y, ahora, la inteligencia artificial, le permiten nuevas y poderosas herramientas de difusión y falsificación.
Escribo, hablo con conocimiento de causa. No solo he sido objeto de masivas campañas de desinformación, sino que he visto y conocido las que se dirigieron, en varios países, contra destacados periodistas. En muchos casos fueron el prólogo de ataques letales. En unos pocos, los periodistas resistieron con energía y prevalecieron. Pero todos fueron tóxicos, miasmáticos, pantanosos.
El ataque contra Hildebrandt es, inequívocamente, el primer paso de una ofensiva desinformadora y mafiosa. Que ha sido lo suficientemente calculada como para sembrar dudas y hasta distanciamientos preventivos, además de algo de Schadenfreude en el proceso.
Tiene, eso sí, un elemento de novedosa esperpéntica. Que nada menos que el embajador de Estados Unidos, Bernie Navarro, se haya sumado a los ataques con textos en su cuenta de X que ya le ganaron el título de embajatroll.
¿Hay acusaciones concretas? Lo de las 2,129 boletas emitidas entre diciembre 2025 y abril 2026, por las ventas del semanario H13, que fueron emitidas a nombre de Michael Sánchez, en lugar de las decenas de canillitas que venden el semanario. Ello fue hecho, según confesión propia, por iniciativa del contador Fernando Guerra.
¿Por qué lo hizo? Quien lo explicó bien, desde Arequipa, es la periodista Mabel Cáceres, de El Búho.
Lo de las boletas, escribió Cáceres, es “lo que TIENEN que hacer todos los medios impresos porque los canillitas tienen una ley especial que los exonera de toda obligación tributaria. No tienen RUC ni emiten boletas […] las empresas periodísticas emiten boletas acumuladas por sus ventas de periódicos, para pagar el IGV. Usualmente se coloca el nombre del distribuidor, lo importante según SUNAT es que se declare el ingreso y se pague el IGV por ello. Eso lo sabía perfectamente el denunciante que estuvo a cargo del área. No emitir las boletas sí sería una práctica evasiva, por el contrario hacerlo es ponerse a derecho y pagar impuestos, así que están vendiendo un cuento que NO es y el chico está mintiendo”.
De manera que no se trató de eludir impuestos sino todo lo contrario: de hacer un esfuerzo especial para pagarle el IGV a la SUNAT.
Y sobre eso, la mafia construyó su ataque desinformador.
Han elegido mal su objetivo. Estoy seguro que Hildebrandt sabrá defenderse, pero no debe hacerlo solo.

En cualquier democracia mínimamente funcional, el ataque se desintegraría espontaneamente. Pero tenemos ahora una fiscalía dominada por individuos comprometidos en el caso Cuellos Blancos (o Lava Juez), que han destruido ya las principales investigaciones anticorrupción y son el brazo operativo del empapelamiento leguleyo con el que la mafia contraataca.
Los verdaderos fiscales anticorrupción ya han sido destruidos funcionalmente. Ahora la ofensiva se concentrará en los periodistas independientes, sobre todo los de investigación.
La defensa debe ser intensa, fuerte, masiva. Debe significar, por supuesto, la defensa de la verdad de los hechos, de la genuina dedicación a los valores esenciales del periodismo. Y en este caso hay la seguridad de no equivocarse.
Conozco y admiro la trayectoria de César Hildebrandt en el periodismo. Desde joven hizo notables entrevistas, realizo excelentes reportajes y guió, a lo largo de los años, a muchas publicaciones impresas y programas televisivos que marcaron huella en su tiempo.
Junto con la excelencia periodística, destacó desde los comienzos su disposición a enfrentar con decision cualquier intento de someter la línea editorial o de censurar los contenidos de sus publicaciones. Fueran los dueños de los medios o fueran grupos de poder, Hildebrandt enfrentó, denunció, renunció una y otra y otra vez. Y si volvió fue casi siempre porque atraía sintonía y prestigio y porque los dueños de los medios sintieron, asumo, que esa vez sí lo iban a dominar. Y volvían a fallar.
Su independencia y coraje destacaron frente a enemigos mucho más poderosos que los dueños de medios. En especial durante la dictadura de Fujimori, al enfrentar a Montesinos. Lo hizo con gran valor y destreza. El papel de Liberación, el medio que dirigió hasta después de la caída del fujimorato, fue un ejemplo de periodismo intrépido enfrentado a una dictadura con sangre en las manos y mucho dinero corrupto en las cuentas ocultas.

La lista es larga, porque larga es su biografía, pero creo que lo dicho describe su papel trascendente en el periodismo peruano. Añado algo, que debería servir a los jóvenes que consideran (aunque deberían pensarlo mejor) dedicar su vida al periodismo. Hildebrandt es un periodista culto… y no lo digo solo por los libros que comenta cada semana, algunos de los cuales emergen de anaqueles olvidados, sino por la pasión por el conocimiento, el valor de la palabra, el goce de la lectura. Varios de los ágrafos de estos tiempos deberían seguir, en lo que puedan, ese ejemplo. Porque la palabra es la herramienta de nuestro oficio y porque, a fin de cuentas, periodista que no lee nunca llega a serlo plenamente.
No lo he tratado mucho, pero he escuchado que algunos lo definen como persona difícil, de repente atrabiliaria. Bueno, este es un oficio duro, especialmente por estas latitudes. Dos de los periodistas que más admiro: Enrique Zileri y Seymour Hersh, no hubieran podido ser jamás directores de protocolo, pese a que, en sus momentos tranquilos, fueran muy ingeniosos y divertidos.
Volviendo a Hildebrandt, uno puede, de repente debe, discrepar con él sobre varias cosas, sobre una multiplicidad de asuntos que van desde el Levante hasta el Poniente. Pero la discrepancia inteligente enriquece el pensamiento; y esa es una de las razones por las que debe defenderse la democracia y sus libertades cueste lo que cueste hacerlo.
He escrito esto porque preveo, veo que está por iniciarse una campaña infecta contra un periodista admirable y a través de ella, contra el periodismo libre. De manera que estamos todos en el juego. Y, si la sociedad se moviliza como debe, esa campaña será aplastada.
PS. Leer los patéticos mensajes del embajatroll de Estados Unidos me ha hecho recordar con nostalgia a notables embajadores de ese país en un pasado no tan lejano. A Alex Watson, quien impidió un golpe a fines de los ochenta; a Dennis Jet, que fue de gran ayuda a las fuerzas democráticas a fines de los 90. Y a notables diplomáticos, como Anthony Quainton o Stephen McFarland, entre muchos otros.
¿Qué le pasó a Estados Unidos para este desplome de calidad? Ojalá que las elecciones de noviembre permitan empezar a recobrar algo de lo perdido.




