Columna de Reporteros

 

Gustavo Gorriti, director de IDL-Reporteros (Foto: Ronald Martínez Pancevic).

El reto mayor

En el contradictorio escenario actual, la relación entre realidad y discurso revela que el país ha sufrido un accidente de alto contenido traumático complicado con una fuerte limitación cognitiva.

En otras palabras, los contrasuelazos padecidos nos descalabraron y a la vez aturdieron. Atontar el entendimiento es a veces un mecanismo de defensa, que solo sirve cuando estás bajo el cuidado de otros; y no cuando la cura, o la supervivencia, depende de tu lucidez para pensar y actuar con acierto y prontitud en medio del trauma.

No estamos bajo el cuidado de nadie. No podemos permitirnos el lujo efímero de una terapia musical con la orquesta del Titanic.

Ahora, a un año del bicentenario, a meses de una elección general que pondrá el destino de la república en manos de gente que emergerá luego de confusas campañas abreviadas, en medio de una crisis acentuada por una percepción de fracaso,  el nombramiento del nuevo gabinete encabezado por Pedro Cateriano abre una ventana estrecha de oportunidad.

Hay dos razones principales para calibrar esa oportunidad: la primera es la decisión del presidente Vizcarra de convocarlo, conociendo la trayectoria y reputación de Cateriano. La segunda es, precisamente, dicha trayectoria y reputación.

Conozco mejor a Cateriano fuera del gobierno que dentro de él, en la vida civil, sin cargos ni poder. Al contrario  de otros ex ministros, que se empequeñecen a medida que la circulina se aleja de sus vidas, Cateriano creció y se fortaleció durante los años que estuvo fuera del poder. Le tocó enfrentar a enemigos poderosos,  a campañas de arbitrario acoso judicial, y lo hizo con brío y decisión. En paralelo asumió el papel de intelectual público, concentrado en la lucha contra la corrupción y el fortalecimiento de la democracia, enfrentando a los enemigos de esta. 

A diferencia de un número considerable de políticos e intelectuales que se identifican con los valores de la democracia y hasta con los de la clorofila, pero a quienes les tiemblan las carnes ante la mera posibilidad de enfrentar al infecto lumpenaje de, sobre todo, la DBA [Derecha Bruta y Achorada, según definición original de Juan Carlos Tafur], Cateriano no rehuyó confrontaciones y las ganó por lo general gracias a una bien entrenada capacidad polémica, con filo táctico y contundencia estratégica.

 Cateriano no pudo, entre otras cosas, ser caricaturizado como izquierdista ni por la DBA más psicótica. Es un liberal  para quien la libertad económica es inviable sin la libertad política que solo la democracia garantiza pero que la corrupción socava y envenena. Por eso, Cateriano apoyó invariablemente las históricas acciones en la lucha anticorrupción que han tenido lugar sobre todo en los últimos cuatro años,  especialmente los avances del periodismo de investigación, de los mejores fiscales investigadores y contribuyó además con la actualización de sus propias investigaciones sobre el primer gobierno de Alan García.

Así que el nombramiento de Cateriano como jefe del gabinete en el año de cierre del gobierno de Vizcarra, es un claro acierto en el esfuerzo por lograr una transición democrática en el bicentenario que, por primera vez en este siglo, no incluya transar con un mal menor, sino escoger el bien mayor entre alternativas puramente democráticas y, en todo lo posible, libres de corrupción.

¿Por qué menciono lo de “transar con un mal menor”?

Sucede que si bien hemos logrado mantener la democracia y el progreso durante los primeros veinte años de este siglo, ese éxito se ha conseguido a través de un deprimente contrapunto.

El peor error que se puede cometer es pensar que con manejo de imagen y de opinión pública se puede ‘doblar la página’, vivir en la ‘nueva normalidad’ (que sigue siendo la “letal anormalidad”) y meterse en las discusiones de la política y la politiquería como si la epidemia no existiera.

Cada cinco años, la democracia ha enfrentado peligros existenciales; cada cinco años ha mirado al abismo e, inspirado en Nietzche, el abismo nos ha mirado a nosotros. Cada vez se logró prevalecer al precio de aceptar males menores, líderes venales, mediocres o ambas cosas, que dejaron un sabor imborrable a sapo crudo, pero con el logro de que el sistema se mantuvo, que el progreso, mal que bien, se logró y que se crearon las condiciones para que el propio sistema democrático se purifique, mejore y robustezca a través de la exitosa lucha, hasta hoy,  contra la corrupción y contra el mal gobierno.

Quienes hemos vivido y protagonizado esos avances contra la corrupción y en favor de la democracia, sabemos lo difícil que ha sido cada etapa y lo inmensamente importante que fue y es consolidar lo logrado, antes de continuar hacia el objetivo, ya posible, de una sociedad libre, honesta, eficiente, con igualdad de oportunidades para todos sus ciudadanos.

Pero en estos meses, pese a lo formidable e importantísimo que es, ese gran objetivo no es por ahora nuestro mayor desafío.

El reto existencial que enfrentamos hoy es vencer primero a la peste, la plaga, la pandemia. Y vencerla en poco tiempo.

Si no lo hacemos, podemos perder el progreso [que ya en parte ha sucedido], perder la democracia e involucionar social, política, intelectual y moralmente como sociedad.

Como escribí líneas arriba, el tremendo impacto de la plaga ha aturdido la capacidad de entender el trauma que causó.

En cuatro meses hemos sufrido casi tantas muertes, 40 mil según el estimado realista del Financial Times, como las que provocó la insurrección senderista a lo largo de doce años.  

Le hemos quebrado los huesos a la economía, lo que significa mucho más que las dramáticas retracciones del PBI. Significa centenares de miles de familias lanzadas al despeñadero de la carencia; y un retroceso brutal provocado por una respuesta autodestructiva a la peste, falta  de articulación lógica y visión racional.

Hemos hecho, como sociedad, un tremendo e inútil sacrificio, el más severo de Sudamérica, para terminar con peores indicadores de descontrol de la plaga que los de otras naciones.

No se procedió con los criterios básicos de análisis racional de estrategias, sino con el equivalente de la fe ciega de una hinchada que sigue a su camiseta hacia partidos sin esperanza. Los resultados están aquí. Se puede querer ignorarlos, pero no van a desaparecer sino, probablemente, a agravar.

Claro que se puede decir que aquí se hizo lo que recomendaban los supuestos expertos sobre el tema y que el incendio que sufrimos es global.

Parte de eso es verdad. El gobierno no falló por deshonesto ni por venal sino por seguir una estrategia completamente equivocada, pese a los aplausos iniciales de quienes estaban igualmente perdidos ante el avance de la plaga.

De manera que yo creo que, a pesar de la altísima importancia de fortalecer la democracia y la lucha contra la corrupción, tareas para las que Cateriano está bien preparado, esa no es ahora su principal misión.

La principal misión, el desafío central, que exige aprender en medio de la acción, es derrotar a la pandemia.

Y hacerlo rápido, en pocas semanas, en escasos meses.

Lo suficientemente rápido como para que la breve campaña electoral arranque con un país saneado.

¿Cómo? No hay que darle muchas vueltas: Aplicar la estrategia Guayaquil.

Dicen que no hay mayor elogio que la imitación. Quienes llevaron a Guayaquil del apocalipsis a la victoria merecen el máximo elogio de la imitación creativa.

Lo que Guayaquil logró para la ciudad y por lo menos parte de la región, el Perú debe hacerlo, con parecida eficacia, en los mismos tiempos, para toda la nación.

Ese no es un asunto solo médico. Es uno de movilización general, de un gran y sostenido esfuerzo logístico, para llevar atención primaria, con toda la simultaneidad posible (o en la secuencia más estrecha) a toda la población.

No esconderse del virus sino salir a buscarlo y eliminarlo. Reducir su población a través de la cura temprana de contagiados, lo más pronto posible, con los tratamientos estandarizados que tuvieron resultados dramáticamente eficaces en Guayaquil.

Supone un gran esfuerzo de despliegue y de logística. Eso último fue llevado a cabo en Guayaquil sobre todo por la empresa privada que, gracias a líderes de la talla de Jaime Nebot, protagonizó un esfuerzo grande, bien organizado y exitoso: desde adquirir la medicina principal: la hidroxicloroquina y llevarla, procesada o por procesar, a Guayaquil; hasta repartir alimentos casa por casa, día tras día, en las áreas de cuarentena específica.

Si en el Perú los empresarios no han dado la talla todavía, se les puede ayudar a crecer. Hay incentivos positivos y negativos que pueden funcionar como eficaces hormonas de crecimiento. La fuerzas de seguridad pueden involucrarse más en la acción logística; y cuando no haya lo suficiente, existe una ley de movilización que, si se utiliza con inteligencia, rendirá resultados buenos y prontos.

No será fácil: habrá muchos chillidos. Provendrán desde aquellos que, para seguir el lugar común hasta el fondo de la infamia, ven en esta crisis una buena oportunidad de lucro; hasta aquellos que sufren de una nueva adicción: a la cuarentena, a la claustrofilia, que al final no es otra cosa que el miedo del sálvese quien pueda.

El peor error que se puede cometer es pensar que con manejo de imagen y de opinión pública se puede ‘doblar la página’, vivir en la ‘nueva normalidad’ (que sigue siendo la “letal anormalidad”) y meterse en las discusiones de la política y la politiquería como si la epidemia no existiera.

La lucha contra la plaga debe ser un esfuerzo nacional, que incluya a la  sociedad civil, los gobiernos regionales y municipales, las juntas vecinales, la gran, mediana y hasta la pequeña empresa. En cada distrito, cada pueblo, debe haber movilización y recursos para ofrecer tratamiento a todo sospechoso de enfermedad y por lo menos apoyo alimentario a quien lo necesite.

En Guayaquil eso se logró con unas decenas de millones de dólares. Si lo hubiéramos hecho aquí desde el principio, habríamos vencido ya a la pandemia gastando una fracción de los miles de millones que hemos quemado inútilmente.

Es que las grandes epidemias son enemigas de la razón y, por ende, de la democracia.

En el momento más brillante de su apogeo cultural, Atenas, la cuna de la democracia, entró en guerra con Esparta. Al término del primer año de guerra, el gran Pericles pronunció el discurso de homenaje a los muertos en batalla durante esos primeros meses. Su “oración fúnebre” pervivió a través de los siglos en la versión escrita por Tucídides en su “Guerra del Peloponeso”.

Eso fue el año 430 antes de nuestra era. Ese mismo año se desató una plaga en Atenas.

Pericles no la tuvo en cuenta al dirigir su hermosa oración fúnebre que proclamaba la fuerza de la virtud de Atenas: “… pues tenemos una república que no sigue las leyes de las otras ciudades vecinas y comarcanas, sino que da leyes y ejemplo a los otros, y nuestro gobierno se llama Democracia, porque la administración de la república no pertenece ni está en pocos sino en muchos. Por lo cual cada uno de nosotros, de cualquier estado o condición que sea, si tiene algún conocimiento de virtud, tan obligado está a procurar el bien y la honra de la ciudad como los otros, y no será nombrado para ningún cargo ni honrado, ni acatado por su linaje o solar, sino tan solo por su virtud y bondad”.

Mientras Pericles dirigió el gobierno de Atenas, la ciudad prevaleció en la guerra, tal como había prosperado en la paz. Pero un año después, el 429, la plaga lo mató. Luego, como escribe Tucídides, los demagogos que llegaron al poder “hicieron lo contrario después de su muerte. […] los que tenían el gobierno obraban cada cual según su ambición con gran perjuicio de la República y de ellos mismos, porque sus empresas eran tales que cuando salían bien, redundaban en honra y provecho de los particulares antes que del común; y si salían mal, el daño y pérdida eran para la República”.

Estas palabras se escribieron hace casi 2 mil 500 años, 25 siglos. ¿No crepita hasta quemar hoy su actualidad?

Atenas perdió la guerra. La derrota de la democracia y su cultura, condenadas a una hibernación de siglos, fue incomparablemente peor.

Esas calamitosas derrotas enseñaron desde entonces que la democracia precisa, para prosperar e incluso existir, la supremacía de la razón. Y así como en las guerras la primera víctima es la verdad, en las plagas lo es la razón. Lo estamos viendo ya.

En nuestros días y nuestras horas, este gobierno, con su nuevo premier, debe ponerse como objetivo central y prioritario la derrota y erradicación de la plaga en el más corto plazo posible. En pocos meses y ciertamente antes de terminar el año.

El precio de no hacerlo podrá empequeñecer el sufrido hasta hoy.

Publicado el viernes 17 de julio, 2020 a las 19:50 | RSS 2.0.

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Web por: Frederick Corazao

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