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Carta Del Director

La Ley Colina

por Gustavo Gorriti
PUBLICADO lunes 18 DE agosto, 2025 A LAS 21:57
ACTUALIZADO lunes 18 DE agosto, 2025 A LAS 21:58

Empiezo con un caveat conceptual: la resolución de profundos y largos conflictos puede, en ciertos casos, aconsejar medidas de amnistía. Un ejemplo obvio es el de acuerdos de paz que ponen fin a guerras prolongadas, donde la desmovilización y el desarme incluyen amnistías con diverso grado y alcance.

¿La impunidad para crímenes cometidos a fin de evitar la perpetración de muchos más? Ese es el dilema, cuya aceptación (pocas veces unánime) hizo posible acuerdos de paz o transiciones democráticas. Soluciones imperfectas, del mal menor y el bien mayor, que lograron permanecer y forjar paz algunas veces. Pero que fracasaron en otras porque no llegaron a extinguir la palpitante y sorda violencia que ni las palabras emocionadas ni la novena sinfonía de Beethoven lograron convertir en armonía duradera o, cuando menos, en convivencia civilizada.

Entonces, no toda amnistía, aunque será siempre polémica, es a priori ilegítima. 

Pero esta, la de Boluarte, sí lo es. De profunda e insubsanable ilegitimidad.

No solo lo es desde la perspectiva de las leyes y convenios internacionales suscritos por el Perú y que tienen carácter constitucional en nuestro país. Sobre eso, me parece, se ha escrito y explicado harto; y de seguro se explicará más, en acumulación y hasta redundancia de lo irrefutable, durante los tiempos que sobreviva la ley Boluarte.

El congresista Fernando Rospigliosi, la presidenta Dina Boluarte y el premier Eduardo Arana durante la ceremonia de promulgación de la Ley de Amnistía, en Palacio de Gobierno. (Foto: Flickr Presidencia Perú)

Pero esa ley es también ilegítima desde el prisma de leyes y realidades de la guerra, del terrible conflicto interno que vivimos y desde el cual surgió y se repitió la necesidad de responder preguntas imperativas: ¿Fue necesario aceptar las torturas, las matanzas clandestinas como el precio ingrato pero necesario para conseguir la victoria en una guerra despiadada y cruel? ¿Así es la guerra y “la guerra es infierno”, en palabras de Sherman durante su devastadora marcha sobre Atlanta? ¿Debemos aceptar los infiernos que vivimos como necesidad para la derrota de Sendero? ¿Fue ese el ingrato pero inevitable “costo colateral” de la victoria?

No. No fue inevitable. En absoluto. 

Por lo contrario, la sevicia, la brutalidad asesina, el terror sobre la población civil desarmada, impidió muchas veces la colaboración de esta, que sufría el terror de Sendero y que una y otra vez se vio atrapada en la diabólica alternativa de morir a manos de los senderistas o de los uniformados.

Se debe entender, a la vez, que en esa guerra interna hubo un gran número de oficiales que cumplió a cabalidad su misión de proteger a la población combatiendo al senderismo. Pelearon con arrojo y valor en escaramuzas y batallas de gran violencia. Participaron en muchos combates, emboscadas, persecuciones. Combatieron y mataron y vieron morir a compañeros y cayeron heridos muchos de ellos también. Esa era la realidad. Y ella lleva a reconocer y honrar el valor de quienes lucharon, sobrevivieron y lograron que sobrevivan pueblos y comarcas enteras amenazadas de exterminio. 

El capitán EP “Amador”, en Sivia, en 1983. El mayor GC Fernando Muñoz en Sacsamarca, el mismo año, son dos ejemplos, entre muchos otros, sobre el papel decisivo, en ocasiones providencial, de oficiales y contingentes de las fuerzas de seguridad en proteger y salvar a los pueblos que el destino les llevó a servir, y que dejaron –como en los casos mencionados– una memoria de gratitud que perdura hasta hoy. 

No solo fue el caso de los uniformados. En el VRAE, el papel decisivo en la derrota de Sendero fue el que protagonizaron los DECAS, las unidades de autodefensa campesina, que lograron vencer al senderismo luego de largos tiempos de batallas, que hicieron del VRAE el escenario más letal de la guerra interna. En sus primeros combates, los todavía incipientes DECAS, que ya contaban con el innato talento estratégico del muy joven Antonio Cárdenas, se encontraron a punto de ser aniquilados, combatiendo fieramente dentro de su pueblo, Pichiwillca, núcleo entonces de la resistencia, ante un sorpresivo y feroz ataque de Sendero. Vencieron ese día, sobrevivieron y triunfaron luego en incontables combates, en los cuales se mataba o se moría mirando el rostro del enemigo, “matando y llorando” como me expresó años después un DECAS en Palmapampa, porque los otros eran pobres como ellos, andinos emigrados a la selva como ellos. 

Otros años después, en Pichiwillca, Antonio Cárdenas me señaló a dos mujeres que ellos habían capturado en combate y a las que habían permitido vivir en el pueblo, observadas, vigiladas, hasta quedar seguros de que podían integrarse sin representar peligro. 

1992. Antonio Cárdenas durante un homenaje en Pichiwillca a los DECAS caídos en un enfrentamiento ese año. (Foto: Virgilio Grajeda/La República)
1992. Miembros de los DECAS de Pichiwillca marchan durante una ceremonia de homenaje a seis integrantes de los comités de autodefensa que murieron en Tambo. (Foto: Virgilio Grajeda/La República)

Como escribió Mario Fumerton, en su notable disertación doctoral sobre los DECAS en la universidad de Utrecht  (“De víctimas a héroes: Contra-rebelión campesina y guerra civil en Ayacucho, Perú, 1980-2000”): “… sabemos que ya en ese tiempo [había] la práctica habitual entre los DECAS, de “rehabilitar” y dar eventualmente amnistía a senderistas arrepentidos, en lugar de entregarlos a la policía o al ejército. […] El método alternativo seguido por los DECAS fue poner a los así llamados “arrepentidos” rebeldes bajo estricta observación y constante supervisión hasta que pudiera comprobarse la sinceridad de su arrepentimiento”. (Pág. 134)

Como en el campo, igual en la ciudad. Cuando Sendero cambió el centro de gravedad de su estrategia hacia las ciudades, sobre todo Lima, destruyó el tejido social de organizaciones opuestas, avanzó con rapidez e impuso a través de un terror creciente, una amenaza existencial al Estado y al país.

Dentro de la Policía de Investigaciones, el GEIN se inspiró en importantes pero contados precedentes de investigación sistemática, de fondo. Pero fueron una minoría, incluso dentro de la Dircote. Sus primeras hazañas de inteligencia operativa les dieron mayor espacio y latitud, con el que prosiguieron las investigaciones y los logros, que permitieron por primera vez avizorar la posibilidad de victoria.

El espectacular repositorio documental, sobre el hasta entonces hiper-clandestino Sendero que consiguió el GEIN en sus operativos de 1990 e inicios de 1991, empezó a ser analizado de inmediato por los policías. Poco después, en la primera parte de 1991, por órdenes de Montesinos, llegó otro grupo, de militares, a participar en el análisis. 

Era el grupo Colina, que trabajó en paralelo con el GEIN en una cercanía impregnada con resquemores, que terminó cuando Benedicto Jiménez los despidió. Eso casi le costó la carrera, pero sobrevivió funcionalmente gracias al notable avance logrado hasta entonces. 

De manera que, en una etapa decisiva de la lucha contra Sendero, el equipo del GEIN y el equipo Colina estuvieron lado a lado, examinando el mismo material y simbolizando dos estrategias, contrapuestas y enfrentadas, de la contrainsurgencia. Luego, cada grupo se sumergió en su propio camino de la guerra.

La presidenta Boluarte, en Palacio de Gobierno, con el general EP (r) Juan Rivero Lazo, exjefe del servicio de inteligencia del Ejército. Rivero fue condenado a 25 años de cárcel por violaciones a los derechos humanos, pero fue puesto en libertad en diciembre pasado.(Foto: Flickr Presidencia Perú)

Los Colina perpetraron asesinatos múltiples, dejaron un testimonio de criminal barbarie y no lograron ningún resultado significativo en la lucha contra Sendero.

Los del GEIN, luego de articular una hazaña investigativa tras otra capturaron a Abimael Guzmán y, gracias a ello, ganaron la guerra. Todo ello sin disparar otro tiro que el disparo al aire que se le escapó a un policía durante la captura de Guzmán.

El GEIN actuó desde el inicio, basado en principios que su creador, Benedicto Jiménez, expresó así en su obra de dos tomos: “Inicio, desarrollo y ocaso del terrorismo en el Perú”: “El GEIN adecuó su actuación a esta nueva teoría y método que tiene como sustento ideológico ciertos principios, tales como la defensa y protección de la vida, la libertad, justicia y la democracia”. (Pág. 700). 

Autodidacta dedicado en el estudio de principios de estrategia y cuestiones de la guerra, Jiménez añadió lo siguiente: “Nunca debemos olvidarnos que toda lucha no solo es destrucción y eliminación, también existen cuestiones morales e intelectuales (Sun Tzu)”. (Ibid, pág 700). 

Ellos fueron los héroes que permitieron, con los métodos de la democracia, la victoria.

Septiembre de 1992. Integrantes del GEIN. (Foto: LUM)

Ni necesitaron ni necesitan ninguna ley de amnistía puesto que vencieron en combates contra enemigos armados en el campo; y capturaron con destreza y conocimiento en la ciudad.

Los otros, reclamaron y vuelven a reclamar los supuestos méritos de la guerra sucia. Pero la estela de asesinatos, torturas, corrupciones que desató el terrorismo de Estado no solo no ganó sino empeoró el curso de la guerra interna, hasta que las fulgurantes estocadas del GEIN culminaron con la captura de Guzmán y la victoria de la que tantos se colgaron después. “La derrota es huérfana” se dice, “pero la victoria tiene muchos padres”.

La ley Boluarte de amnistía está hecha para esas paternidades espurias, para los defensores y practicantes de la guerra sucia. No se hizo para quienes siguieron, antes o después, los principios del GEIN o de los DECAS y que, gracias a ello, ganaron la guerra. La ley Boluarte se hizo para los Colinas y sus no pocos equivalentes, que ensuciaron, dañaron y perjudicaron enormemente la defensa de la democracia frente al senderismo.  

Repito, la ley espuria e ilegítima promulgada por Boluarte no es ni será la ley GEIN, o la ley DECAS. Es la ley Colina y como tal debe entenderse y enfrentarse. No representa a los héroes en la lucha contra el senderismo sino ofende sus aportes y sus hazañas.

Gustavo Gorriti

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