Son los días finales de 2025, no solo epílogo del año sino de la corroída democracia en el Perú.
Ha sido una larga narrativa de degradación, en ocasiones dramática y en otras tan inadvertida como el avance de la caries o la diseminación de la osteoporosis. Pero ahora los exordios de la crisis pertenecen al pasado y los complejos nudos de sus argumentos terminan de cerrarse.
Despidan el año preparados para entrar en el desenlace del drama, que será corto, turbulento y decisivo. Con dados cargados y cartas marcadas, pero donde, pese a que la regla principal será la trampa, un esfuerzo enérgico y masivo podría voltear el resultado en el momento decisivo de las elecciones de abril próximo.
No es necesaria clarividencia alguna para prever que la corta campaña en los tres meses del verano será sucia, ponzoñosa y destructiva. Si en campañas civilizadas se contraponen argumentos basados, por lo general, en la realidad, en esta la desinformación rampante buscará confundir los hechos y nublar el entendimiento para lograr que por lo menos uno de los partidos integrantes de la coalición mafiosa que domina el Congreso y, por ende, el Gobierno, pase a la segunda vuelta. Con, preferiblemente, un opositor satanizable. Y si no sucede, no importa, porque, para la desinformación dura, nadie es inmune a la satanización.
El escenario en el que se librarán las campañas de los próximos tres meses, es, junto con lo siniestro, interesante. En cuanto al terreno y las posiciones, la coalición corrupta de gobierno tiene todas las ventajas.
Entre otras cosas:
• Ha reformado una y otra y otra vez (y otra más) las leyes para favorecerse.
• Ha eliminado de la contienda electoral a todos los candidatos que percibía como opositores de peligro.
• Ha favorecido la proliferación de candidatos para que la campaña sea una aglomeración de pitufos que dividan lo suficiente el voto como para hacer posible que uno de los candidatos mafiosos logre pasar a la segunda vuelta con votaciones bajas.
• Aparte del Congreso y la Presidencia, ha logrado el control de la Defensoría del Pueblo, del Tribunal Constitucional, de la Junta Nacional de Justicia; y ahora del Ministerio Público. El Jurado Nacional de Elecciones es digno de sospecha. El Poder Judicial está visiblemente intimidado.
• La mafia se apresta a iniciar ataques judiciales contra sus enemigos, con acusaciones grotescas empaquetadas con la verborrea leguleya que le sobra. El objetivo es anular a quienes considera enemigos peligrosos, por las investigaciones que en el pasado reciente permitieron revelar la corrupción de quienes controlan hoy el poder. Fiscales anticorrupción, periodistas de investigación (como quien esto escribe) serán acusados por corruptos rematados, en un grosero travestismo de la realidad. Los secundará un coro de desinformadores; y tras ellos, los fiscales a la orden del ya capturado Ministerio Público. Un objetivo es intimidar a los demás opositores.
¿Quieren saber cómo funciona el aparato de mentiras y difamaciones? Lo explica la investigación internacional que publicó hace poco IDL-Reporteros con El Clip sobre los ataques desinformadores contra el periodismo de investigación de IDL-R, titulada “Todos los desinformadores a una contra IDL-Reporteros”. Extrapolen esas “técnicas” a lo que se perpetrará, con mucho mayores recursos, en la inminente campaña.
• Es decir que, para utilizar la trillada metáfora del partido de fútbol, la mafia controla y cambia las reglas, la inclinación del campo de juego, al árbitro, a los jueces de línea, al VAR, a la Federación. Y, por último, si pese a todo pierden, dirán que hubo trampa e intentarán ganar en mesa.
• Aunque la única ideología de la mafia es la corrupción (¿de qué otra manera hubiera sido posible la larga alianza entre los partidos de ultraderecha con Perú Libre?), es probable que la ultraderecha logre un fuerte apoyo económico, de manejadores de campaña e incluso el respaldo de Trump. Eso, en una sociedad con extendidos reflejos coloniales, tendrá un visible impacto.
¿Cómo podría la oposición democrática enfrentar ese juego de dados cargados y cartas marcadas?
Primero que todo, con inteligente decisión y sin complejos. Saber que la abrumadora mayoría de la población coincide con esa oposición. El desafío es convertir esa coincidencia en representación.
Segundo, en lograr que el “Por esos no” (el no votar por ningún partido ni persona de la coalición mafiosa del Congreso) se convierta en una causa nacional.
Tercero, en acordar que cuando –como es probable que suceda– despunte un candidato (o dos) de la oposición democrática, especialmente si tiene un sólido y solvente grupo de aspirantes al Congreso, los demás se comprometan a apoyarle si no logra vencer en primera vuelta.
Cuarto, en tener presente que una parte central, vital de su programa, debe ser el proclamar y ofrecer una estrategia eficiente, enérgica, de pronto resultado, en la lucha contra el crimen. La criminalidad castiga, oprime, aplasta a los más pobres sobre todo. El primer deber de un gobierno es protegerlos. Candidato que no asuma ese tema como prioritario no solo no ganará, por bonito que hable, sino que no merece ganar.
Quinto, hacer de esta una campaña de soluciones ligada a los valores centrales de la democracia como fuente de fuerza, de desarrollo, de orgullo y respeto por los principios fundacionales de nuestra República: la de una nación consagrada al bienestar de sus hijos a través de la defensa de la libertad. No son palabras bonitas sino valores reales, tareas exigentes, principios por los que pueblos enteros lucharon y sacrificaron, siguiendo el consejo inmortal que Cervantes puso en boca del Quijote, que por la libertad “se puede y debe aventurar la vida”.
Si un número suficiente de peruanos piensa y actúa así, terminaremos el 2026 con muchas más luces y menos sombras que este 2025 que se va.



